miércoles, 8 de julio de 2009

Expiación, de Ian McEwan.

Expiación.
Ian McEwan.

2001. 437 págs.
Ed. Anagrama.
Traducción: Jaime Zulaika.

Ian McEwan construye una obra en un estilo clásico, se podría decir que la novela toma todo aquello que de bueno tienen los clásicos, es una lectura en la que, a medida que avancé tuve la sensación de estar leyendo a un clásico, y en la que además McEwan, y esto es lo que la hace ser algo más, llegar a la obra maestra, incorpora elementos posmodernos claros, uno de ellos, la estructura, magistral engranaje tejido en torno al punto de vista y veracidad de lo narrado, y otro, aún mejor, la autoconciencia de la propia obra, la autorreferencia no solo narrativa sino crítica. La obra dentro de la obra (y la representación de otra obra dentro de esa obra, como principio y final, en una estructura circular magistral), y el punto de vista como elemento fundamental, no solo en cuanto a los hechos narrados, sino en cuanto a la veracidad de los mismos al partir del hecho de que los puntos de vista e incluso, el devenir de algunos personajes es tan solo una posibilidad -donde caben, sin embargo, a la postre, todas las posibilidades-, algo que el lector debe asumir como hipotético, desde el momento en que el narrador no es el autor, y que sabe, además, que dicho narrador no solo desconoce la verdadera naturaleza de los sentimientos de algunos personajes, sino que además, lo que sabe lo oculta conscientemente al lector, además de indicarnos expresamente este hecho sin ambages.

¿Se puede, por tanto, seguir usando recursos decimonónicos para crear una obra en pleno siglo XXI? Sí, si estos recursos se usan de la manera en que lo hace McEwan, aportando una reflexión sobre la propia Literatura, haciendo una crítica de la Literatura y del propio estilo dentro de la obra, creando una estructura imposible de concebir en un autor de hace cien años, es decir, no, no se puede, si no se quiere caer en el ridículo de repetir fórmulas. McEwan es un genio, porque al acabar su obra a uno ya no le interesan sus personajes, ni lo que sucederá después con ellos, ni lo que se nos oculta, porque la última etapa de evolución de sus personajes es precisamente la ocultación, lo que le queda, lo que le interesa es esa reflexión que como lectores nos lleva a hacer sobre la naturaleza de la obra escrita, sobre la veracidad, sobre la estructura, sobre como un universo literario se puede encerrar en unas páginas de manera tan perfecta, tan total, y al mismo tiempo con tantas grietas por las que respirar mediante la reflexión posterior -u simultanea, claro está- a la lectura, la enorme satisfacción que produce el saber que uno lee a un escritor reflexionando mientras narra, mientras expía. McEwan narra a la manera decimonónica para después poder desmontar la vigencia de ese estilo, pero al hacerlo, ese desmontaje, pretendiendo hacernos creer que entona un alegato en favor de la modernidad y las nuevas tendencias surgidas tras las vanguardias, lo hace siendo posmoderno, lo hace superando esa estética a la que alude para adentrarnos en el siglo XXI.

"Lo que la emocionaba de su logro era la concepción, la pura geometría y la incertidumbre distintiva que reflejaban, a su juicio, una sensibilidad moderna. La era de las respuestas claras había acabado. Al igual que la época de los personajes y las tramas. a pesar de sus bosquejos del diario, ya no creía realmente en los personajes. Eran recursos singulares que pertenecían al siglo XIX. El concepto mismo de personaje se basaba en errores que la psicología moderna había dejado al descubierto. Las tramas eran asimismo una maquinaria herrumbrosa cuyas ruedas ya no giraban. Un novelista moderno no podía crear personajes y tramas del mismo modo que un compositor moderno tampoco podía componer una sinfonía de Mozart. Lo que a ella le interesaba era el pensamiento, la percepción, las sensaciones, la mente consciente como un río a través del tiempo, y el modo de representar el flujo de su avance, así como todos los afluentes que lo engrosaban y los obstáculos que podían desviarlo." pág. 329.
"Sé que siempre hay un cierto tipo de lector que se verá compelido a preguntar: pero ¿qué sucedió realmente? La respuesta es sencilla: los amantes sobreviven y prosperan. Mientras exista una sola copia, un manuscrito solitario de mi versión definitiva, mi hermana espontánea y fortuita y su príncipe médico sobrevivirán para el amor." pág. 434.


Para concluir simplemente diría que todo elogio sería poco para este autor al que he leído por vez primera.

3 comentarios:

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

Lázaro, el azar nos anuda. Estpy leyendo, precisamente, Expiación, de McEwan.. Ya te contaré. Además,soy u aiduo relector de Foucault, aunque yo prefiero Las palabras y las cosas. Un saludo.

Raúl Lázaro dijo...

Es cierto, fíjate que a la vez que Expiación leí Contra la interpretación, que en un comentario anterior decías que recién habías comprado... y hoy justamente releí un poco de los Cuadernos de Valery, que es un libro que tú comentabas hace poco...
De Foucault he leído poco, la verdad, y hace mucho tiempo, algunos ensayos sobre arte que se me hicieron algo pesados..., pero este ensayo me está gustando mucho más...

Anónimo dijo...

Bien, es probable que me anime a leer EXPIACIÓN. Hace cosa de un mes leí CHESIL BEACH, del mismo autor, y que literalmente me entusiasmó, pero que es cien por cien clásica (parece una novela decimonónica); aquí no hay metaliteratura para nada. Ahora estoy enfrascado en otro de tus/mis autores, TB (Bernhard). Estoy leyendo HORMIGÓN, que creo que, sin ser mala (nada de TB lo es), dista mucho, en hondura, penetración, tensión, estilo, etc., de su genial pentalogía autobiográfica y de obras (maestras, pero en general diría que poco valoradas por la crítica) como TRASTORNO y SÍ. Me gusta tu bloc (he llegado a él gracias a un mordaz comentario tuyo a una 'crítica' de un bloguero a HORMIGÓN). Saludos!