martes, 21 de julio de 2009

El discurso vacío, de Mario Levrero

Mario Levrero.
El discurso vacío.


1996. 169 págs.
Ed. Mondadori (Debolsillo).

El discurso vacío gira en torno a un diario íntimo creado a la sazón del intento del autor del mismo por mejorar su caligrafía y, con ello, mejorar algunos aspectos de su vida interior. Llevado por el dudoso planteamiento silogístico por el cual si la grafología descubre aspectos de la personalidad, y por tanto un cambio o una evolución de la personalidad hacen cambiar la forma de escribir, podemos concluir que un cambio en la escritura haría mejorar nuestra personalidad. Como corolario, si bien se trataría de una mera constatación no demasiado relevante en la obra, vobservaremos que al llevar a cabo este intento, se crea un conflicto, donde dos fuerzas -la intención de escribir bien vs. la fuerza de las ideas manifestándose através de la escritura, de la caligrafía-, echarán un pulso que ganará de manera clara la personalidad, manifestándose en esa continua frustración que supone para el autor el abandono de este propósito por la reflexión, el contenido de las frases, de frases que incluyen una reflexión sobre la incapacidad de no dejarse llevar por ideas, incluyendo la idea de intentar no dejarse llevar...

Sin embargo, una de las cosas que más fascina del libro es que en esas reflexiones, aún siendo en cierto modo banales, se trasluce todo un conflicto moral, afectivo y existencial, llegando incluso a producir miedo y terror, por cuanto uno no deja de sentir que la vida del personaje es la vida de cualquiera de nosotros, o, matizando, de cualquiera de los lectores de Levrero, de las implicaciones funestas que la cotidianidad supone en nuestras vidas.

Entonces, abandono la tercera persona: Levrero consigue mi total empatía con el personaje, no obstante yo no lleve una vida parecida a la del personaje, antes al contrario, sin embargo, desde un punto de vista puramente psicológico o clínico, ¿no se trata de una obra que afronta los conflictos internos básicos del hombre maduro, no se trata de que lo que se impone el personaje como terapia para un fin consigue otro bien distinto y mucho más importante, a saber, sacar del interior todo aquello que como hombre culto contemporáneo ha tenido reprimido por años, establecer un paralelismo entre la frustración que suponen los fracasos en sus ejercicios caligráficos y la frustración del hombre contemporáneo de realizarse en un entorno completamente definido y programado y tan solo alterado por unas pequeñas variables (no es baladí en este sentido la investigación autodidacta que emprende el personaje en torno a programas informáticos compilados en primitivos lenguajes de programación y que producían notas musicales cambiando tan solo unas variables, variables que desconciertan al protagonista y que no logra descifrar)? Y es que, en su aparente sencillez, El discurso vacío dice mucho, lo dice todo, precisamente sobre la vacuidad.

3 comentarios:

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

Coincidimos de nuevo Lázaro. hablé de levrero en mi bitácora hace unos meses. No sé si tienes en tu poder la trilogía publicada en Debolsillo, La ciudad, París, El lugar. Levrero es un escrtior fascinante, tovía infravalorado. Salud.

Anónimo dijo...

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Oscar Wild dijo...

Este es uno de los Levrero que más me costó digerir; después de leer, y disfrutar muchísimo, la trilogía y Espacios libres me chocó el cambio.
Le debo una relectura.
Saludos