miércoles, 1 de julio de 2009

Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas.

Bartleby y compañía.
Enrique Vila-Matas.


2000. 218 págs.
Ed. Anagrama (quinteto).

Vila-Matas utiliza el pretexto de indagar sobré los porqués en la decisión de dejar de escribir de cuantos así hicieron, para mediante un viaje a través de la literatura y la lectura, hacernos llegar a la conclusión, como lectores, de que la detrás de la extrema decisión del abandono de la escritura se esconde, casi siempre, si no la genialidad, al menos la singularidad. De hecho, otra de las cosas que he sentido es respeto y simpatía por quienes tomaron esa decisión. Y eso es lo que hace muy grande esta obra de Vila-Matas, que nos muestra toda la gran Literatura que se teje en torno al, probablemente, personaje más antiliterario, que sería el que no escribe, peor aún, el que deja de escribir, y es que en esos "resto de sus vidas" de quienes abandonaron la escritura -no es en este sentido, arbitrario el hecho de excluir a quienes se mataron-, hay más literatura que en toda la obra de Simenon -a quien Vila-Matas sitúa como ejemplo de lo contrario, y que, sin necesidad de mostrárnoslo antipático, como lector se nos aparece como si fuera un aguafiestas que no tuviera otra cosa que hacer que escribir.

No siempre coincido con los gustos y las apreciaciones de Vila-Matas, por ejemplo a mí me gusta mucho Malraux, me aburrió a ratos Jakob von Gunten (me gustó mucho más el Törless, por ejemplo), no idolatro tanto a Kafka o a Borges, prefiero a Joyce o a Onetti, me cuesta leer un Diario, pero no me cabe duda de que lo me sí me gusta es leer a Vila-Matas hablar de sus preferencias, de que es un autor que me lleva a otros libros, a otros autores, incluso que me hace dudar de mis lecturas, de mi forma de leer, y si no dudar, al menos, y eso es impagable, plantearme la relectura de algo que quizá leí peor de lo que podía. En el fondo, también debo decir, Vila-Matas es un autor que me acompleja como lector, porque Vila-Matas no necesita si quiera analizar obras para dejar claro que me lleva ventaja, que nos la lleva a casi todos, y eso no es bueno ni malo, de momento no es paralizante, si me concibo a mí mismo como creador de lecturas.

Una forma audaz de introducir el ensayo en la novela sería la de mostrar un ensayo creado por un personaje ficticio, y hacer más ficticio aún, para evitar la posible y manida asunción con el autor, mediante una descripción de sí mismo que lo aleje de éste. Añada, Vila-Matas además, fragmentos narrativos de la vida de este personaje, que, además, se trataría de un personaje que sí podría, a diferencia del autor, encajar en la propia definición de bartleby. Una idea tan sencilla como difícil de dar con ella. Creo que esto es una de las cosas más notables de la obra, su estructura, de aparente sencillez y al tiempo muy original, y también, que duda cabe, el perfecto ensamblaje de los capítulos, imagino que concebido casi como un montaje cinematográfico, a base de ordenación de secuencias.

Luego están los escritores a los que menciona, algunos ya conocidos y aludidos en su obra, en los que se detiene menos, otros más desconocidos para mí, diferenciando a cada quién, individualizando a cada uno según sus motivaciones, haciendo incapié en lo que escribieron, más que en lo que vivieron, y elevando de categoría a aquellos desvanecidos en la memoria colectiva, y que se nos presentan de manera gratificante, por el cariño que el autor muestra hacia ellos. De hecho, si consideramos a toda esta galería de personajes como antihéroes, podríamos decir el el malo, es decir el héroe, sería, como dije antes, Simenon, el prolífico, el que, de alguna manera, escribiendo tanto, resulta menos literario.

Decía Juan Panero que Rulfo dejó de escribir porque después de escribir la mejor novela y el mejor libro de cuentos no necesitaba hacer más. Pero, claro, esa era una razón que Rulfo jamás podía esgrimir cuando le preguntaban.

Tampoco creo que Rimbaud necesitase escribir más cuando dejó de hacerlo. Dentro de la galería de personajes de que hace inventario Vila-Matas me quedo con Rulfo -lo de Rimbaud es otra cuestión, quizá-, en su decisión de dejar de escribir, probablemente porque lo que había hecho ya era insuperable.


Cierto bocón escribió hace poco en un suplemento dominical acerca de la estupidez de aquellos que, de repente, hablaban de un autor como imprescindible, cuando probablemente hasta haría bien poco ni lo conocían o no lo habían leído siquiera aún sonándoles. Es decir, hablaba de una obviedad tan vieja como el mundo. Ponía en ejemplo de Traven, de quien probablemente nadie se acordaba y del que solo se necesitaba que una editorial de prestigio lo reeditara para que todo cultureta de turno hablara de él. No sabía que muchos de esos a quienes el desprecia, ya habían oído hablar y quizá, gracias a ello, se habían acercado a Traven al leer el magnífico final de Bartleby y compañía, consagrado a su figura. Justamente yo leí el final del libro y el artículo el mismo día. Pero cuando lea a Traven me acordaré de Vila-Matas.

4 comentarios:

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

No esperaba otra cosa que esta celebración de la literatura. Porque estarás conmigo en que leer a Vila-Matas es una experiencia puramente literaria, sin luga a dudas. me gusta esa refrencia al patente de corso que haces al fnal. No hay color entre uno y otro.
sólo me que da decirte que, si te ha gustado este libeo, no debes perderte París no se acab nunca, El Mal de Montano y Doctor Pasavento. Quizás, si, e ese orden. yo soy un vilamatiano confeso, ya lo sabes. Salud, siempre.

Raúl Lázaro dijo...

He leído París no se acaba nunca y El mal de Montano, y otras obras de VM. Creo que El Mal de Montano es el que más me gustó, aunque le sigue muy de cerca éste. Lejos de Veracruz me parece también que está infravalorada, me gustó mucho también.

el_situacionista dijo...

Este es un libro tremendamente divertido. Tienes razón en decir que Vila-Matas -en este libro- te lleva de una lectura a otra. Especialmente divertido me pareció el encuentro ficticio con Salinger -una de mis debilidades. Lo cierto es que gran parte de lo que me gustó del libro fue que hablara de anécdotas de escritores. Hechos medio ficticios medio reales.

Saludos.

Raúl Lázaro dijo...

Estoy de acuerdo, situacionista, uno se puede imaginar este libro sin esa carga de humor de Vila-Matas y se lo imagina muy plomizo (No me gustan los libros hechos de libros (Paul Valery, Cuadernos, 1943)), pero ese humor y ese gusto por la anécdota lo hacen divertido sin dejar de ser en ningún momento interesante respecto a lo mucho que nos aporta.

Salud.