sábado, 20 de junio de 2009

Los monederos falsos, de André Gide.

Los monederos falsos.
André Gide.


1925. 424 págs.
Traducción: Agustín Caballero Robredo.
Ed. El País. Clásicos del siglo XX.

Si me hago con una cuartilla y en ella voy anotando los personajes uno a uno, y las relaciones entre ellos, acabaré por entender mejor la trama, pero quizá, puesto que no soy un lector demasiado atento, o simplemente solo soy capaz de centrar mi atención en lo que me atrae más, llegare a disfrutar menos de otras cosas. Así que decido que prefiero hacer una lectura sin anotaciones, para disfrutar más plenamente de lo que dejo sin anotar. Simplemente porque sé que la lectura sin anotaciones me deja establecer mejor una jerarquía en cuanto a los valores que la obra me ofrece a mí y no al mundo.

Así, seguramente, transcurrido el tiempo, poco recordaré de la trama, de la homosexualidad, del repugnante mundo literario oficial, del cada vez menos interesante -para mí-, mundo de las revistas fundacionales y los intentos de crear nuevas tendencias -de la literatura sobre como hacer la literatura que no somos capaces de hacer quienes ésto decimos-, que tan bien se relatan en la obra, y de lo que sí me acordaré será de la interesante estructura de la obra, de la capacidad de Gide para condensar en unos pocos personajes el conflicto generacional en cuanto al arte, un conflicto mostrado a través de tres generaciones -si entendemos al narrador y a Elouard como la generación del medio-, del vampirismo intelectual y creativo, del juego metaficcional vertido a través de un diario, de la absurda tendencia de la crítica y la opinión generalizada del mundo contemporáneo de explicar como racismo o nazismo, ideas que ya encontrábamos en Darwin, Nietzche o Rostand -el personaje de Strouvilhou no es antisemita ni racista, simplemente está a favor de la eugenesia pasiva, en contraste con Ghéridanisol, que lo estaría de la activa, a través del crimen, un personaje mucho más siniestro, al que probablemente y de forma simple, también algún lector y más de un crítico definiría como el malo, un nihilista, claro, añado-,
"Dígame si no es una vergüenza y una desdicha que el hombre haya hecho tanto para conseguir razas soberbias de caballos, de vacas, de gallinas, de cereales, de flores, y que él mismo, por lo que a sí respecta, tenga que seguir buscando en la Medicina un alivio a sus miserias; en la caridad, un paliativo; en la religión, un consuelo; en la embriaguez, el olvido. En lo que hay que esforzarse es en la mejora de la especie.",
de algunas brillantes ideas sobre la Literatura, que quizá en cierto modo no se vean traslucidas a la propia obra, al fin y al cabo, como diría algún escritor cachondo, "lo que esos párrafos dicen lo dice un personaje, no yo",
"A menudo me he preguntado por qué extraño prodigio se encuentra tan avanzada la pintura, mientras que la literatura se ha quedado tan atrás. ¡En qué descrédito no ha caído hoy, en pintura, lo que ayer se acostumbraba denominar "el motivo"! ¡Un buen tema! Esto es algo que, actualmente, nos mueve a risa. Los pintores ya ni siquiera se atreven a intentar un retrato, salvo a condición de eludir todo parecido. Si llevamos a puerto nuestra empresa, y puede usted confiar en mí para conseguirlo, no le pido ni dos años para que un poeta de mañana se crea deshonrado si se comprende lo que quiere decir.",
en definitiva, de casi todo menos del argumento, o mejor dicho, de la trama.

Quizá, entonces, debí haber tomado nota en esa cuartilla, de ese tipo de cosas, pero para eso están mi cabeza y éste blog.

2 comentarios:

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

Veo que estás con Vila-Matas: una experiencia. Y coincidimos en Susan Sontag, pues compré hace poco ese libro. Un saludo.

Raúl Lázaro dijo...

Me está gustando mucho el libro de la Sontag, por eso lo leo poco a poco, intercalando con alguna novela. El primer ensayo es muy bueno. No coincido mucho en su valoración sobre Camus, pero del resto sí.
Este libro de Vila-Matas es de los que más me están gustando, en el fondo me siento identificado con el, salvando las enormes distancias, claro, pero yo también un día decidí decir no...