miércoles, 25 de julio de 2007

Occidente contra Occidente de André Glucksmann

Occidente contra Occidente
André Glucksmann
Año 2003 (trad. 2004)
Colección: Taurus Pensamiento
ISBN: 9788430605347
216 p.


A veces un libro tiene el atractivo de la frescura de la urgencia. Un libro escrito mientras las cosas pasan siempre tiene ese ingrediente añadido. Por contra, muchas veces es preciso que el tiempo pase para que se pueda elaborar mejor, contrastando más los datos y hallando más. Me refiero a esos ensayos sobre la actualidad, sobre un hecho concreto que está ocurriendo aquí y ahora, en este mundo global. El primer caso tiene muchos más riesgos porque queramos o no, el autor siempre está caliente cuando lo escribe y corre el riesgo de ser poco objetivo. Y lo peor de todo es que se aventure de forma harto arriesgada a avanzar lo que el futuro deparará.
Glucksmann escribió este libro después de la invasión de Irak, casi inmediatamente después de la toma de Bagdad. Y llevado por el optimismo se aventuró a mostrarnos un posible escenario posbélico maravillosamente esperanzador que a la luz de lo que realmente ha ocurrido y viene ocurriendo día tras día en Irak queda -así de claro- como ridículo y patético.

Alguien con mejor corazón que yo seguramente podría aventurarse a decir que todo eso fue a causa de la urgencia a la que antes aludí, la urgencia editorial añadiría yo, sin riesgo a equivocarme. Pero tampoco: incluso yo, humilde ciudadano, en el mismo y preciso instante en que los americanos derribaban la estatua del tirano o poco después cuando Bush decretaba el fin de la guerra, me dejaba llevar por el pesimismo y vaticinaba una posguerra parecida a la que hemos visto. Es más, los que al contrario que yo, pensaban que Irak y nos sunitas del Baaz tenían ADM, deberían haber pensado que hasta que esas armas no fueran encontradas y destruidas existía un peligro real. Pero no. Glucksmann vaticina durante todo el libro que la situación en Irak es muchísimo mejor tras la toma que antes y que a Irak le espera el mejor futuro de la zona. Lo mismo para Afganistán.

Otro de los temas recurrentes de Glucksmann a lo largo del libro, y quizá al que mayor importancia conceda es el concepto de guerra humanitaria. Pone ejemplos en dos sentidos: aquellas guerras que se llevaron a cabo y cuyos habitantes de esos lugares agradecieron y a los que se salvó aún a costa de un gran número de víctimas inocentes inevitables (daños colaterales), como la Segunda Guerra Mundial o la Guerra de Kosovo, y otras que no se hicieron por cobardía o tibieza y que a la vista de los resultados, la no intervención (o no ingerencia) fue la peor de las soluciones posibles, como ejemplifica Ruanda. Glucksmann enuncia estos casos tratando de convencer de que, por extrapolación, la intervención en Irak ahorró el sufrimiento de millones de iraquíes y de que por tanto es completamente inmoral hablar de no intervención en nombre de la paz. Se olvida Glucksmann de las causas que motivaron la guerra. Se olvida de que hubo dos guerras, una con Bush padre y otra con Bush hijo, y que lo de menos en este caso es saber si tuvieron o no el respaldo de la comunidad internacional. Lo importante es saber que en la primera guerra había una agresión por parte de un país aliando, Irak, hacia otro país aliado y soberano, Kuwait, mientras que en la segunda no hubo agresión a país alguno y que las causas que esgrime Glucksmann como justificativas de invasión en 2003 se refieren a actos de represión del régimen de Saddam Hussein varios años antes de la primera intervención de la OTAN. Pero ni la primera ni la segunda intervención se trataron de justificar por las muertes de miles de kurdos o miembros de la oposición, comunistas incluidos (y olvidados). La primera fue debido a la invasión de Kuwait y la segunda a la fabricación y tenencia de ADM. Glucksmann, con gran cinismo, “confunde” guerra humanitaria con guerra preventiva y en esa “confusión” basa toda su argumentación posterior, donde se posiciona en el ala dura de los neocon norteamericanos. Algunos a eso lo llaman valentía, viniendo de un exizquierdista. Para mi la valentía es otra cosa.

Glucksmann se muestra irritante cuando utiliza el manido (y tantas veces utilizado por la derecha española) argumento mesiánico de que estar en contra de los norteamericanos era estar con Saddam, más irritante aún cuando en una entrevista el autor hablaba de la ceguera de quienes consideraban y utilizaban la ecuación Bush=Sharon=asesinos en una polémica sobre el antisemitismo francés denunciado por el Primer Ministro israelí. Distintos grados de ceguera, sin duda, o de hipermetropía moral.

Arremete contra Rusia y su política en Chechenia. Compara esta guerra con lo limpia que ha sido la de Irak. Al releerse, si algún día lo llegara a hacer su autor, se debería de sonrojar por decencia. Me temo, por el tono y la linea de pensamiento de su autor que no lo hará jamás.

En una entrevista posterior a esta obra, Glucksmann afirmó:


Los estadounidenses no cometieron un error al intervenir, sino al intervenir mal. Hicieron muy bien en derribar a Sadam Husein, pero no previeron nada para después. Pecaron de optimismo. Pensaban que bastaba con echar a Sadam para borrar 30 años de dictadura. Subestimaron el peso del totalitarismo. ¿Fue sólo una invención de las armas de destrucción masiva? Yo lo que sé es que justificaba y continúo justificando la intervención porque Sadam era un dictador abominable y su pueblo no era capaz de salir de la dictadura si no se libraba de él. Existe el derecho a liberar a un pueblo cuando éste no puede hacerlo por sí mismo. Yo estoy a favor del desembarco de los americanos en Europa en 1944, al que debo mi vida. Sigo fiel a esa idea, fundadora de la ONU, que es el derecho a intervenir contra el totalitarismo más allá de las fronteras.
Es curioso que Glucksmann hable de que los norteamericanos pecaran de optimismo y no lo haga extensible a su propia posición al respecto. A la vista de lo que por entonces pensaba Glucksmann y que recogió en esta obra yo creo que él era mil veces más optimista que la propia Administración Bush, quizá consciente del coste (o parte del coste) que supondría la tajada a la que iban a echar mano. A la vista de lo que dijo después en estas declaraciones me reafirmo en pensar que su soberbia le impedirá ver jamás que fue más papista que el Papa. Y que si lleváramos su teoría de la guerra humanitaria hasta el fin y no solo hasta los “buenos franceses” quizá la Guerra Mundial podría haber continuado en la RDA y Europa del Este, en la Unión Soviética, después en China y en Latinoamérica, quizá en un estado de guerra mundial permanente hasta la plena colonización norteamericana del planeta que hubiera posibilitado guerras también justas, por qué no, de liberación, todo ello bajo un marco de justicia a lo Glucksmann que quizá sólo a él hubiera gustado, al menos en la vieja Europa. Por no hablar, para ser justos y extrapolar la Guerra Mundial "que le salvó la vida" de la guerra de Irak que se la salva cada día a decenas de iraquíes, que la intervención justa y preventiva a la iraquí en la Segunda Guerra Mundial no habría liberado sólo a los franceses de Pétain, sino a los alemanes de Hitler, es decir, años antes de invadir Polonia, algunos antes también de que Japón obligase a los Estados Unidos a posicionarse en el conflicto.

Lamentablemente Glucksmann es pensamiento único unipolar monroeano para cabezas cuadradas.

2 comentarios:

Pável Chíchikov dijo...

Qué tal, Lázaro. La verdad que la impresión que me dejó este discreto panfletillo fue absolutamente espantosa. Entiendo que el maoísmo ha pasado de moda, pero la actitud de los Gluksmann, Albiac y compañía no deja de ser de risa.

Teniendo en cuenta que los argumentos de Gluksmann son casi de ciencia ficción, más próximos a la literatura apocalíptica que al ensayo, lo peor de todo acaba siendo su prosa efectista, el constante recurso a la frase lapidaria, el tono presuntamente elevado, su impostada pose de lúcido visionario.

Por otra parte, la expresión "guerra humanitaria" no tiene sentido: es un oxímoron. Puede haber intervenciones en legítima defensa o a favor de la paz, de eso no hay duda. Pero la guerra de Iraq no fue el caso. Lo peor es que muchas voces dentro de la derecha se empiezan a sacudir el complejo: de nuevo empiezan a legitimar la guerra tranquilamente, e incluso utilizan argumentos tan poderosos como que "los servicios secretos más importantes tenían sospechas de la existencia de armas de destrucción masiva".

Ah, y ya se ve lo implicados que están Gluksmann, Estados Unidos y Europa en la defensa de los kurdos. Parece que la intervención del ejército turco ("su hijo de puta") en el norte de Iraq para cepillarse kurdos no merece guerras humanitarias. Tampoco merece los deseos de paz del Papa, que se solidariza mucho con el Dalai Lama, pero olvida siempre a los kurdos (a pesar de que el PKK lleva meses ofreciendo las armas a cambio de diálogo).

Un saludo,
Pável Chíchikov

PD: Por cierto, me gustaría invitarte a mi blog, pero no tengo tu dirección de e-mail. Si te apetece entrar puedes pasármela a pablos.jimenez@maec.es

Lázaro dijo...

Hola y gracias por el comentario.

Estoy de acuerdo contigo en todo cuanto dices. En referencia a los kurdos, en el fondo a los USA les interesa apoyar a Turquía porque necesita imperiosamente ser su aliado y hará todo cuanto pueda para que este país sea finalmente de la UE. Igual que le interesa que Kosovo sea independiente. No porque sea algo que les concierna, o por humanidad, porque los americanos no tienen ni la más remora idea de la Historia de Turquía y de Serbia, aunque entrasen a combatir contra el primero y apoyando al segundo en la Gran Guerra. Eso ya pasó, ahora lo importante es desestabilizar Europa para que no se bipolarice el mundo. Lo triste es que los USA tengan que recurrir a estas alturas a socios como la UCK, los albaneses o los turcos, no sería de extrañar en un futuro apoyando al MNLV... y si además tienen caballos de troya en Francia ya es la reostia, hasta pueden llegar a ser la unica potencia una década más...