jueves, 24 de enero de 2008

La pianista, de Elfriede Jelinek


La pianista. Elfriede Jelinek.
Traducción de Pablo Diener-Ojeda.
Año 1983. 288 págs.
Mondadori.


La pianista nos describe la compleja evolución y el devenir de unos personajes avocados al abismo. En concreto, la deriva de dos personajes al irrumpir en sus vidas un tercero.

La novela está dividida en tres partes, la primera de las cuales nos muestra la amarga existencia de una profesora de piano solterona junto a su aterradora madre y de cómo ésta ha ido marcando la pauta y perfilando un destino inapelable para su hija y de paso para ella misma. Jelinek nos ofrece una vez más un personaje atado a una vida que ni tan siquiera ha podido elegir, diseñada por el egoísmo de sus progenitores. Unos padres, y en concreto una madre que decide por ella misma que lo más importante para su hija (y para todos) es fomentar su talento hasta el extremo, con todo lo que esto significa: el no llegar a ese extremo acarrearán la frustración, la crueldad, la insatisfacción y el rencor.

En esta primera parte Jelinek utiliza a veces en estilo indirecto la voz de la madre, mostrando con ello todo el sarcasmo posible. Muestra también de ese sarcasmo e ironía, la descripción del padre y de los enfermos mentales, que aparecen prácticamente cosificados,
Los trastornados requieren más espacio que los humanos en versión normal, ya que no se dejan despachar con cualquier excusa y necesitan al menos un corral tan amplio como un pastor alemán de tamaño mediano.

o esta otra escena donde la protagonista observa unas fotografías en la antesala de un cine X, con una interesante reflexión sobre el la pornografía que hace extensiva a la vida misma
El hombre trabaja a ratos en la carne de la mujer y puede dar muestra pública del resultado de sus empeños: tan pronto como se corre y se deja caer como un peso muerto sobre el cuerpo de la mujer. Al igual que en la vida, donde por lo general el hombre ha de alimentar a la mujer y se le valora de acuerdo con su capacidad para dar alimento, también aquí le sirve a la mujer un alimento tibio que ha preparado él mismo a fuego lento en el interior de sus entrañas.

De nuevo discrepo de quienes han querido ver a una feminista en Jelinek -o tal vez mi concepto del feminismo sea distinto del de la vieja crítica-, porque en modo alguno los personajes femeninos se muestran mejores o más inocentes que los hombres. De hecho tan solo hay cuatro personajes, el triángulo referido, madre-hija-alumno y un cuarto personaje, ausente, que es el padre, al que se hace referencia ocasionalmente. En todos los casos se le muestra como una víctima de la madre, y no sólo de ésta sino también del sanatorio donde termina recluido. Quizá podría entenderse como una salvedad la critica feroz que hace de los "puteros" en cierto momento de la narración.

Por tanto, y como digo, la crueldad va en varias direcciones y no solo en un sentido: hay crueldad de la madre hacia la hija, como la hubo de la madre hacia el padre, y hay crueldad de la profesora hacia el alumno, que posteriormente da un giro mostrándose a la inversa, la crueldad de éste hacia su profesora. También hay, en cierto sentido, una muestra de la crueldad que puede ejercer el sistema y la sociedad contra una persona que se aleje del canon.

Lo que parece decirnos o podemos intuir al leer la novela es que la educación (la sentimental y la no sentimental) que de manera tan brutal han impuesto los padres a los hijos, produce seres completamente neuróticos. Uno de esos hijos es la protagonista, que canaliza su educación en inclinaciones sexuales sumisas y sadomasoquistas.

Se observa así una correlación entre una educación basada fundamentalmente en la disciplina y la sumisión y lo que dicha educación, llevada al paroxismo podría generar, que no es otra cosa que actitudes e inclinaciones e incluso, como en este caso, parafilias, que harían de dichas personas objeto de lástima por cuanto se haya constreñido su capacidad de elección (para nada en este sentido se entra a juzgar, ni yo ahora ni la Jelinek en la obra, el ejercicio de dichas parafilias, sino su capacidad para haberlas elegido por cuanto se hayan visto abocadas a ellas en la medida en que han sido educadas en cierto sentido).
Uno de los aspectos estéticos que más interesante me ha parecido en la autora es el uso de la música como metáfora de comportamientos e inclinaciones humanas. Con un conocimiento erudito y sin llegar jamás a ser cargante ni presuntuosa en su exposición, la autora nos hace entrega en ocasiones de divagaciones sobre la música para explicar la diferencia esencial entre el rebelde y sensual (Schubert) por un lado, y el sumiso, el que busca la seguridad en la perfección técnica (Schumann) por el otro, el primero derivando en la violencia, la pasión y el dolor, el segundo en el intelecto, la perfección, la seguridad. Se da en los personajes, y sobre todo en la protagonista de manera clara, esa bipolaridad que la hace virar a ambos lados del eje, de Schubert a Schumann pasando por Bach, de la música más culta y refinada del conservatorio a la pornografía más sucia y hard del sadomasoquismo.


Dentro de los aspectos ético-estéticos cabe decir que las escenas de sexo no son nada ñoñas, sino bastante naturalistas, lo que sin embargo no las convierte en obscenas, o al menos a mi no me parece que entren en el mal gusto, incluso a veces, la fama que injustamente precede a la autora, fama creada por una crítica esta vez sí completamente ñoña y exagerada, puede hacer que una mente propensa al morbo se quede sorprendida de la naturaleza de algunas escenas. Por citar una posibilidad, a modo de ejemplo, la madre nunca presencia ni observa ningún acto sexual de su hija, lo que si podría haber bordeado el morbo. Ni tan siquiera la escena donde la protagonista ve de manera furtiva el vello púbico de su madre me parece morbosa, sino que responde a la naturaleza del personaje. En este sentido es modélica la escena donde los dos protagonistas se encierran en el cuarto y nosotros nos quedamos con el narrador y la madre fuera, en una elipsis narrativa magnífica llena de tensión dramática.

La maestría de Jelinek a la hora de afrontar el equilibrio de fuerzas entre los dos personajes es notable. La progresión en este sentido es modélica. Existe un equilibrio de fuerzas tanto en el amor como en el poder, fuerzas que se confunden y se anulan, incluso se repelen y se funden finalmente. Así, del amor que el chico siente en un principio que nos muestra a un personaje fascinado por su profesora y a una profesora que rechaza tal situación, se pasa a un momento en que la protagonista comienza a sentir en su interior la inquietud de un sentimiento que no puede reprimir, sentimiento que se enlaza con sus más bajos instintos en lo que a materia sexual se refiere, lo que hará que, una vez puestas las cartas sobre la mesa, el chico pase a una segunda etapa donde ya sólo querrá follar con ella, donde la mujer se mostrará completamente sumisa pero, y esto es interesante, tratando de imponer su sumisión al otro, todo ello además aderezado con el permanente disimulo de la profesora, disimulo que al no poder ser controlado indefectiblemente se ve avocado al ridículo.

Este ridículo, o el miedo a el, se muestra a lo largo de la obra. Ridículo en las maneras y en las formas, en las actitudes y en los vestidos. El ridículo planea constantemente por el personaje principal. Ridículo que quizá sea el que hará que la profesora sólo se pueda dirigir al alumno cuando habla de sexo mediante la escritura y no mediante la palabra. Así, conforme avanzamos en la obra y llegamos al final, observamos que tan solo quedan dos caminos, el suicidio y el asesinato, y que cualquiera otra salida estaría abocada, una vez más, al ridículo. La escena final es la muestra más tremenda y patética de esto que hablo, una escena final terriblemente desoladora, mucho más que si la autora hubiera optado por uno de esos caminos mencionados. Y es que el ridículo hiela la sangre, congela la sonrisa y es uno de los sentimientos en los que un lector (muy al contrario que en la vida real) puede sentir más empatía con un personaje.

El equilibrio de fuerzas entre los protagonistas también tiene como consecuencia la alteración del equilibrio de fuerzas entre madre e hija. Así, de una primera parte en la que la madre ejerce un poder casi inapelable sobre la hija, paulatinamente éste irá descendiendo y el poder de la madre se irá diluyendo y anulándose, hasta incluso cierta claudicación hacia el final de la obra, cuando en cierta medida la madre llega a recular -interesadamente, claro-, de sus posiciones y principios:

Con espíritu calculador, la madre le llama la atención a la niña, que permanece en silencio: siempre conmigo, una mujer vieja, tú, una joven temeraria.


En este sentido, los cuatro encuentros furtivos entre los dos protagonistas van modificando las relaciones de poder entre ambos.

Existe un dato importante que ya he mencionado y es el hecho de que la profesora exprese sus deseos en relación al alumno mediante la escritura. El personaje digamos que se desdobla, no es ella quien habla sino otra, la que escribe, la auténtica ella, en cierto modo.

La carta contiene instrucciones sobre el camino que ha de seguir un determinado amor. Erika ha escrito todo aquello que no quiere decir. Klemmer piensa que ella contiene algo increíblemente maravilloso que sólo puede ser escrito y brilla como la luna sobre la cima de las montañas.

El lector se queda sin saber qué dice la carta (una muestra más de la poca afición morbosa de Jelinek y de la pretensión de la eficacia y la belleza formal y estructural, por otro lado) pero lo intuye, y sobre todo, se observan las reacciones ante la carta, muchas reacciones que dan una riqueza narrativa extraordinaria. Dice Piglia al final de El último lector, obra que analiza algunas obras en las que los personajes leen y la función dramática que sus lecturas desempeñan en la propia obra, que su libro “no reconstruye todas las escenas de lectura posibles, sigue más bien una serie privada; es un recorrido arbitrario por algunos modos de leer que están en mi recuerdo”. En este sentido La pianista es un ejemplo de escenas de lectura que daría para un estudio más amplio a la manera de Piglia, una de esas lecturas en este caso de mi propia serie privada.
Veamos algunos extractos en relación a lo que acabo de exponer:

Primero la expectativa de ella ante la reacción de el a leer:
Él ha de estar convencido: esta mujer se ha puesto en mis manos, pero de hecho será él quien pase a propiedad de Erika. Así es como ella se lo imagina. Sólo puede fallar si, al leer la carta, la rechaza.
La ambigüedad del objetivo de dicha carta y de las intenciones de su autora:

Erika presiona a Klemmer para que lea la carta y en su interior le ruega que, una vez que la haya leído, ignore su contenido, por favor.
[...]
Erika espera que Klemmer jure prescindir de la violencia, por amor. Erika se negará, por amor, y exigirá que se cumpla lo que pide detalladamente en la carta, pero espera de todo corazón no verse sometida a lo que pide en la carta.

Y más adelante:

La carta pide de Klemmer que Erika llegue a perder el conocimiento de tanto placer: así será si él cumple con todas las indicaciones. La ha de abofetear a su gusto. ¡Te lo agradezco por adelantado! Entre líneas dice de forma casi ilegible: por favor, no me hagas daño.

La reacción del alumno según avanza en su lectura:

Klemmer lee y se pregunta qué se habrá imaginado esta mujer. Se pregunta si
esto es en serio.

[...]
El adorado señor Klemmer lee que su deseo más íntimo es que él la castigue.
Jelinek usa también, en cuanto al contenido de la carta, cambios en la voz narrativa para implicar al lector:

La ha de golpear con las rodillas en el vientre, por favor, hazlo.
que de esta manera no sólo lee la obra sino que está leyendo la carta.

La información que el alumno obtiene y su primera reacción:

A través de la carta, Klemmer se entera de que la mujer desea ser devorada por él; por falta de apetito, él la rechaza agradecido.
La consecuencia de la lectura:

Klemmer no extraerá ninguna consecuencia de lo que ha leído, eso sí está claro.

Es por tanto una carta que el lector va leyendo poco a poco pero sin saber nunca las frases que lo conforman. También en esto Jelinek juega con la elipsis. Más fácil y torpe habría sido mostrar la carta de antemano, e incluso simplemente mostrarla paulatinamente, pero en este sentido Jelinek usa la elipsis textual como antes usó la elipsis dramática. Incluso la propia Jelinek habla en este sentido:
¿Eso también lo ha tomado de la televisión, que nunca se muestre todo, sino únicamente detalles, cada uno de los cuales es en sí mismo un mundo entero? El director de escena ofrece los detalles, el resto se fabrica en la propia cabeza. Erika detesta a la gente que ve televisión sin pensar.
El dilema moral que presenta esta obra es sobre todo en el personaje del alumno. En un principio él está enamorado, o lo que el cree que es enamorado, después simplemente querrá poseer a su maestra y después ya no sentirá nada. Entre medias se plantea el dilema: hombre vs. mujer, amo vs. esclavo, víctima vs. verdugo. La mujer plantea una parafilia que el alumno no necesita pero que posteriormente y al entrar en el juego, desea utilizar en su provecho. El dilema es si es válido entrar en el juego aún pretendiendo con ello un objetivo distinto al de la pareja, si se puede ser sádico con un masoquista si ese sadismo no es, digamos, sano, si no entra dentro del juego sexual sino más dentro de una actitud moral. Al fin y al cabo, cuando el alumno decide mostrar todo su sadismo no consigue que se le levante.

La última parte de la novela representa el giro, producto de la ambigüedad de la profesora, la inmadurez y la crueldad del alumno y el progresivo trasvase de fuerzas de poder entre ambos. En este sentido, hacia el final de la obra la protagonista llega a decir:

Walter Klemmer toma violentamente en sus manos a la mujer que ahora dice haber cambiado de opinión. Por favor, no más golpes. Ahora mis ideales apuntan en dirección a la reciprocidad de los sentimientos, pero Erika modifica demasiado tarde sus puntos de vista.

Demasiado tarde, sí. Porque como ya dije, en Jelinek hay una cierta sensación de fatalismo, de que todo cambio es contra algo, que todo conflicto se resolverá a la contra y propiciará un empeoramiento de la situación.

Todo ello, como ya dije en otras ocasiones, con una creencia firme en la existencia del amor, solo que, como dice en un momento de la obra:

En esencia, el amor es aniquilación.

2 comentarios:

TOMÁS dijo...

Lázaro, largo pero espléndido comentario de Jelinek y de su "pianista". Es grato encontrar lectores fiables y con gusto, y que además lo expongan con buenas maneras.

Lázaro dijo...

Gracias una vez más.
La verdad es que me quedó demasiado largo, aunque no es con lo que más descontento quedé, porque se me hace que me salió un tanto académico o así.