miércoles, 9 de enero de 2008

Los excluidos, de Elfriede Jelinek


Los excluidos. Elfriede Jelinek
Traducción Carmen Vázquez de Castro.
Ed. Mondadori. 1980. 207 p.


En Los excluidos, Jelinek utiliza un estilo aparentemente más tradicional que en Las amantes. Los personajes, al igual que en aquella, son algo arquetípicos y se van perfilando con maestría a lo largo de la novela. Al igual que en Las amantes, también en esta ocasión se trata de cuatro protagonistas, dos chicas y dos chicos, con sus respectivas familias, si bien en esta ocasión no se da carácter protagónico a las dos mujeres sino a los dos hermanos y por extensión, a su familia.


Se plantean dicotomías, aunque no de manera maniquea, entre las clases sociales como en Las amantes se planteaban entre hombres/mujeres y campo/ciudad. Así, en esta ocasión a la pequeña burguesía decadente y reprimida encarnada por un autoritario pater familias ex nazi, depravado y paródico, junto a su patética mujer y sus caprichosos y pretenciosamente desclasados hijos, se contrapone una clase obrera ignorante, encarnada en el hijo de una víctima de Mauthausen y en su madre, representación viva de la ideología periclitada de cierta izquierda polvorienta, hijo que así mismo muestra la ruptura (por desencanto) con su clase y el desarraigo con su familia y su pasado. También se retrata de manera tangencial en el personaje de Sophia, la burguesía acomodada, clase a la que ni unos ni otros (de los anteriores citados) podrían acceder y por ello envidian en todo, causando que se muestre así toda la crueldad, el juego con los sentimientos y el desprecio consciente e inconsciente admitidos y aceptados por el sistema. Un sistema que también y tan bien ha aceptado su pasado nazi con disimulo e indiferencia.


Políticamente, Jelinek no hace una crítica sesgada y parcial de una clase a la que detesta, plagada de ex nazis y cómplices, sino que también se muestra dura con los socialistas, en concreto no elude las críticas dirigidas de manera directa al Partido socialista austríaco a quien acusa de traición a la clase obrera.


El estilo es sencillo aunque está muy bien estructurada. Se muestra más singular a la hora de construir diálogos, ya que recurre a distintos mecanismos para decirnos quién habla, bien con un nombre entre paréntesis, bien usando los dos puntos (:) detrás del nombre, bien dando voz al personaje durante la narración, o bien asumiendo el narrador, y ésta, creo, es la forma más interesante, la voz del personaje incluso a mitad de frase.


Uno de los temas favoritos de Jelinek es el amor. En este caso se produce un esquema que se resume en: R ama a S; S ama a H; H ama a S; A ama a H; S se marcha y R, A y H se quedan sin amor. Una vez más, el amor existe pero no produce más que dolor.


El final trágico, narrado con acierto de una manera fría, distanciada y aséptica, nos enlaza de nuevo con Las amantes, por cuanto plantea otro de los principales temas de la narrativa de Jelinek: el destino impuesto a los hijos por sus padres de generación en generación. En el caso de la novela anterior, el destino de las mujeres en tanto que genero considerado inferior al hombre, y en este caso el destino violento de los hijos, producto de la violencia de una generación que supuso una degradación moral de carácter universal y que no puede evitar (ni quiere) mancillar el destino de sus descendientes. No importa que a Rainer le guste la poesía y Camus, o que Anna disfrute de la música y de Bataille, o que sean ácratas en lugar de fascistas como sus padres, su destino será trágico o no será, como tampoco importa que Hans sea un lerdo para que también se le intente imponer un destino. La sensibilidad de una generación canalizada de manera negativa por culpa de la tragedia que originaron sus padres.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Las amantes, de Elfriede Jelinek

Las amantes. Elfriede Jelinek.
Trad. Susana Cañuelo y Jordi Jané.
Ed. El Aleph. 1975. 185 págs.


Preámbulo.

Alguien dijo que lo opuesto al amor no era el odio sino la indiferencia. Estoy de acuerdo: a veces el odio es simplemente el reflejo de la frustración de no encontrar en el amor el Ideal.

En estos días mucha gente muestra su odio y su queja afirmando taxativamente que odia la navidad. La odian por mil motivos, porque les recuerda a algo o a alguien que ya no tienen, porque les molesta e incomoda alguna de las actitudes de la gente a su alrededor, por lo que ven por televisión o -sobre todo- por el gasto económico que supone.

Yo no odio la navidad, a mi la navidad me es completamente indiferente, aunque me roce. Este mes gasté sólo un poco más que el mes anterior y no hice nada extraordinario, ni tan siquiera fui a la cena de empresa porque no me dio la gana.

Y así, con este espíritu navideño afronto lleno de amor mis últimas lecturas del año y primeras del siguiente leyendo a Elfriede Jelinek:


Crítica.

Las amantes, de 1975, es una magnífica novela escrita con un lenguaje seco, sencillo y directo al tiempo que no exento de lirismo. De hecho su estilo se semeja al verso libre, en este caso usando una división en párrafos poco convencional. Utiliza, así mismo, recursos propios de la poesía como el estribillo repetitivo o la repetición de frases enteras en las voces paralelas.

Nos muestra la vida de cuatro personajes, dos hombres y dos mujeres, en la Austria de hace treinta años, marcados por el odio, reflejado en el machismo, la preñez, el alcohol y la violencia. Es un odio y una violencia que lo impregnan todo y que nos muestran la sordidez de la vida cotidiana, siendo este, a mi parecer, un mérito indudable de Jelinek. Y es que, sobre esta vida cotidiana, que se muestra tan arquetípica –si bien los personajes, que comienzan siéndolo, se van mostrando cada vez más ricos en matices y más verosímiles- hay por parte de la autora un claro distanciamiento de la narración, caracterizado por la conciencia de su ficcionalidad.









pueden faltar meses todavía, muchas páginas de libro todavía hasta que el niño saque la cabeza por el bajo vientre como un gusano sale de la manzana, tal vez no lleguemos tan lejos aquí, tal vez tengamos que interrumpir antes. pero no importa, pues ya sabemos cómo sigue. la vida sigue sin sorpresas, sino por vías ordenadas. (Pág. 126)

próximamente describiremos una bonita boda, para que la acción no resulte tan insatisfactoria.

no se deben contar sólo cosas negativas y feas. (Pág. 154)


Dicho distanciamiento hace que la tensión dramática desaparezca o se muestre muy diferente de lo que podría ser un drama al estilo O’Neill, donde la acción transcurrirría hacia un final inevitable, con una especial tendencia a mostrar ese fatalismo que inunda el ambiente desde el principio y que avocaría a los personajes hacia un final trágico inexorable. En Jelinek no hay progresión, porque lo fatal ya se muestra de entrada, ya se sabe, no hay una evolución hacia un final inesperado pero sospechado, la tensión en ese sentido ha desaparecido enterrada desde antes de que empiece la novela. Ni siquiera la aparente diferencia entre el destino de los dos personajes femeninos hace que podamos decir que la acción se encaminaba a hacernos ver dos caminos paralelos con dos finales distintos, uno feliz y otro trágico. No hay más que observar la mediocridad de la vida de quien supuestamente evita la tragedia para darnos cuenta de ello. La estructura circular, con un prólogo y un epílogo que comienzan idénticos y llenos de parlelismos, nos mostraría a la perdedora buscando una nueva salida justamente como empezó la ganadora buscando la suya. Un nuevo sarcasmo, pues lejos de ser un final abierto a la esperanza nos muestra a un ser vencido y derrotado que para conseguir algo renunciará a todo a cambio de la mediocre felicidad que a la manera del personaje ganador, puede con suerte alcanzar.

Haciendo una lectura política de la obra no encuentro por ningún lado ese tan cacareado feminismo recalcitrante de la autora. Obviamente los personajes masculinos son deplorables, pero no lo son menos los femeninos. En especial aquellos de cierta edad, lo cual plantea el conflicto generacional, si bien queda perfectamente claro que los personajes jóvenes femeninos se convertirán sin el menor género de dudas en personajes detestables una vez que sean madres, una vez que sean maltratadas, una vez que decidan aguantar y llevar las vidas que sus madres llevaron y la sociedad diseñó para ellas. Se trataría más de misantropía que de feminismo, y sobre todo y si se quiere, de un completo rechazo -sin juzgar, solo mostrándolo- al machismo.

Como dije antes, no se nos muestra una atmósfera de fatalismo que se cierne sobre los personajes de manera cruel, sino que se nos está hablando del azar, de la suerte, reflejada en las vidas de dos adolescentes que deciden hacer algo para encaminar sus vidas hacia un destino y que la mera suerte hace que terminen de manera diferente: o mal o fatal. Ese fatalismo sí se podría observar en la estructura circular, en ese eterno retorno que evidencia una situación de roles amarrada al presente como al futuro.

Tampoco creo que sea Jelinek una autora que no crea en el amor, bien al contrario, cree de una manera absoluta, como demuestra también en la novela que leo ahora, Los excluídos. Más bien se trata de que creer en el amor no significa tener una buena concepción del mismo, que es bien diferente y bien fácil de entender.

Hay un tema interesante y es el sentido de propiedad. Dije antes que era el odio congénito lo que hacía que todo, desde la violencia, el sexo o el alcoholismo al trabajo, las relaciones paterno-filiares o el propio paisaje, estuviera viciado de origen. Leyendo con más profundidad uno advierte, sin que la autora haga un hincapié excesivo que habría sido un completo lastre para la narración, que el causa y origen de todo eso es el sentido de la propiedad. Los hombres quieren poseer un trabajo y una mujer y más tarde unos hijos, mientras la mujer, para dejar de ser una mera posesión de sus padres, quiere poseer un marido que las posea, una casa, unos hijos. Entre medias, posesiones menos trascendentes y ningún sentido moral al respecto que se aleje de esta moral capitalista protestante.

Otro detalle curioso y que también podría tener una lectura política es que toda la novela esté escrita sin ninguna letra mayúscula, ni tan siquiera la de principio de párrafo o después de punto y seguido, tampoco obviamente los nombres propios, todo excepto algunas palabras pronunciadas por el único personaje que pertenece a otra clase social, a la burguesía adinerada, lo cual viene a mostrar el conflicto de lucha entre clases de manera gráfica. En este sentido no es Jelinek una escritora marxista sino más bien anticapitalista, como lo es antimachista y no feminista, pese a la lectura miope de muchos críticos y lectores.

sábado, 15 de diciembre de 2007

La vida instrucciones de uso, de Georges Perec

La vida instrucciones de uso.
Georges Perec.
Trad. Josep Escué. 1978. Anagrama. 640 págs.


Releyendo estos días El Quijote me doy cuenta de que por alguna razón me gusta mucho eso del juego de narradores que hacen algunos autores. No me refiero a nada complicado sino a algo tan sencillo como que Cervantes escriba un texto a partir de una traducción hecha por un morisco de un manuscrito escrito por Cide Hamete encontrado en una librería de viejo de Toledo. Me gusta la historia dentro de la historia dentro de la historia. Es como cuando mi madre o mis tías me cuentan cosas de su juventud y ponen voces diferentes cuando quien cuenta la historia no son ellas sino otro que se las ha contado. Me gusta cuando Bernhard o Sebald enlazan esos “dijo fulano, dijo mengano” o "decía, dijo", en una narración donde el autor escucha una historia que alguien le contó a alguien, o que nos cuenta algo que alguien le contó que le contaron. Me gusta la estructura de Lord Jim. De hecho en Conrad eso relativiza el grado de fiabilidad de lo contado, añadiendo puntos de vista sin recurrir a cambios de narrador. Estructura pura y dura. Literatura. Etcétera (o como escribiría un pedante &cétera).

Por eso, el penúltimo libro que leí me parece magistral. En La vida instrucciones de uso se utiliza este recurso hasta el extremo, no ya solo en lo que a narradores se refiere, sino que también juega de ese mismo modo con el espacio y el tiempo. Varios personajes pueden estar en el mismo espacio en tiempos diferentes. O el mismo personaje. O en un mismo espacio podemos viajar a través del tiempo, al acercarnos haciendo un zoom a una tabaquera donde hay una ilustración de alguien sobre el que se nos cuenta una historia, su vida quizá, o un cuadro, o una baraja de cartas ilustradas, o una biblioteca de libros apócrifos y auténticos.
Y cuando dije antes que Perec utiliza este recurso hasta el extremo me refiero a esos momentos en que lo que hay dentro de una historia (o de una pieza), es una replica de lo que hay fuera, incluida esa referencia (algo así como un bucle anidado). Todo ello en un puzzle tridimensional grandioso. Continuas correspondencias, si leemos atentos, entre el fondo y la forma, entre lo que sucede y como se describe.

Muy pocas veces recurre Perec a otra cosa que no sean descripciones, sean estas tanto de lo que “se ve”, como de lo que “se hace”, no hay reflexiones, ni diálogos, ni tampoco valoraciones o juicios por parte del narrador, que si bien es un narrador omnisciente, más parece una cámara que todo lo ve que un Narrador-Dios de novela decimonónica. Y sin embargo, pese a ésto, el que no use artificios para describir el interior de cada personaje, al final tenemos simpatías y repulsas por unos u otros, y los personajes no dejan de provocarnos sentimientos. Por eso y por muchas otras cosas considero que la novela es una obra maestra absoluta.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Papá, dame la mano que tengo miedo, de Leopoldo María Panero

Papá, dame la mano que tengo miedo
Leopoldo María Panero.
Prólogo Ana María Moix.
Ed. Cahoba. 2007. 128 p.


La lectura de la prosa de Leopoldo María Panero siempre se hace con las premisas -y/o prejuicios- de que es poeta y está loco. A veces ser poeta y estar loco no es lo mismo que ser poeta y ser o estar maldito.

Pero si nos olvidamos de ésto, lo cual es difícil y además absurdo por innecesario, nos encontramos ante una prosa sorprendente. Como sorprendente ha sido casi todo lo escrito por él.

Leí por vez primera a Leopoldo María Panero en las páginas de Egin -del diario etarra Egin, como él lo llama-, allá por el año 1998, durante unas vacaciones en Guipú
zcoa, y recuerdo aquel artículo lleno de referencias a Lacan y a Adorno que ya me dejó impresionado. Me lo había recomendado un gran compañero de COU con el que compartí muchas cosas y a quien recuerdo con tanto aprecio, y por ese motivo, por su recomendación o simple mención (sobre todo me hablaba de la película de Chávarri), me detuve en aquella página de aquel diario abertzale. Desde entonces no he dejado de leerle y releerle, y me sigue gustando lo mismo o más.
Decía LMP hablando con el poser de Bunbury sobre el Nobel de Literatura que últimamente se lo habían dado a dos dobles suyos, Coetzee y Jelinek, y leyendo esta novela se entiende -aunque yo haya tenido mala suerte, todo hay que decirlo, con la austriaca porque he leído sus peores obras, al parecer.

La lectura de la prosa de LMP es igual de estimulante que la de sus poemas, con el añadido de que se vierte como un vómito, como un torrente de imágenes, de ideas, referencias, citas y autocitas, elucubraciones y delirios, sincero y excesivo siempre, obsesivo a veces, genial otras.

Da igual encontrarnos con alguna errata, o alguna falta ortográfica, como da lo mismo encontrar algún nombre mal escrito, como el del poeta senegalés Leopold Segar Senghor, a quien LMP le quita la "h" y lo llama reiteradamente "Sengor", o que haya alguna cita dudosa: en este caso dudosa para mí, que no para él, y en ésto mi modestia y mi mala memoria me impiden decir que con seguridad el verso "y si al alma su hiel toca esconderla es necedad" es de Quevedo, cosa que LMP, si bien por desgracia olvidé a quién, se la atribuye a otro. Todo eso es lo de menos, aunque incluso en sus manos hasta pueda parecernos un rasgo interesante.

Por esta novela pasean muchos personajes, aunque sería más preciso decir que hay un sólo personaje, Leopoldo María Panero, que nos narra lo que pasa por su cabeza, no en en sentido vulgar de la expresión, sino en el sentido literal, como en tal sentido lo hace Molly Bloom/Joyce, y desde entonces -aún habiendo precedentes/precursores, como Schnitzler, si bien esto es otro tema-, muchos otros, como el Bernhard de Tala, por poner un ejemplo más claro; y lo que pasa por la cabeza de Leopoldo María Panero son sus obsesiones de siempre, sus obsesiones con la poesía y la psiquiatría, con la escritura y con la muerte, con la CIA y los médicos, un mundo propio donde pueden aparecer de pronto Ana María Moix, José María Aznar, Joaquín Sabina o Javier Bardém.
Además, como dice Ana María Moix en el prólogo, tiene un título cojonudo.

martes, 27 de noviembre de 2007

Cómo lee un buen escritor, de Francine Prose

Cómo lee un buen escritor: técnicas de lectura de los grandes maestros.
Francine Prose.
Ed. Crítica. 2006 (traducción, 2007). 320 pp.

Es éste un libro con un sumamente atractivo y atrayente título que tras leer unas páginas, se da uno cuenta de que, o bien se hizo demasiadas espectativas y está sólo dirigido al público anglosajón, y más en concreto al norteamericano, o bien el título sólo responde al marketing editorial y sus pretensiones por parte de la autora eran menores, o bien simplemente era, en efecto, un proyecto a la altura de su título (y subtítulo) y simplemente la autora no alcanza la altura necesaria y todo ello se queda en agua de borrajas.

Y es que el libro estaría bien con otro título, algo más académico, como corresponde a este tipo de lecturas, y menos engañoso. O quizá un título a la manera de los libros de autoayuda. A mí, desde luego, me decepcionó mucho.

Propongo a continuación, algunas de mis pegas:

1) Pone siempre ejemplos positivos y nunca negativos. Creo que en el proceso de creación literaria y en concreto en la lectura como aprendizaje para la escritura (escritura creativa siempre me sonó pretencioso y como de taller -aunque yo no he ido en mi
vida a uno de esos talleres-, así que no usaré este término), es tan útil saber lo que no hay que hacer como lo que hay que hacer. De hecho creo que sobre lo que hay que hacer se han encargado durante años los grandes genios de desmentirlo, los grandes genios (parte de ellos al menos) han destrozado y mandado a tomar vientos las reglas, y en eso (y en algo más, claro) consiste su genialidad. Por eso creo tan importante, más que decir lo que hay que hacer y poner ejemplos en autores grandes, lo que no hay que hacer y por qué y poner ejemplos de escritores grandes o no tan grandes (o directamente malos: simplemente porque todo el que se pone a escribir es malo hasta que deja de serlo).

2) La autora se ciñe a planteamientos muy tradicionales y no habla nunca de nueva novela o posnovela, o novela posmoderna, ni tan siquiera de metaliteratura, metanovela o metanarrativa. Creo, aunque tal vez en esto me equivoque, que la narrativa nortamericana, con ser de las más originales y ricas del mundo, es también de las menos arriesgadas y más tradicionales, y ésto sirve igual para los que narran con la perfección de un Roth, un McCarthy, un Pynchon o un DeLillo.

3) Los ejemplos que pone corroboran que la autora se ciñe a la literatura clásica mundial (más bien occidental) y la contemporánea local (anglosajona), siéndome ésta completamente desconocida en su mayoría. Para hacernos una pequeña idea y que cada quien saque sus conclusiones: cuando hablo de referencias a clásicos universales me refiero a Austen, von Kleist, Rulfo o Chéjov y referencias muy breves a Hemingway, Nabokov, Flaubert, Dickens, Kafka, Salinger, Roth, Chandler o Turgienev. Es decir, uno de cada: uno que escribe en francés, otro en alemán, otro en ruso y otro en español y el resto norteamericanos: uno del XIX, otros tres del XX y otro actual. Y otro que escribió en varias lenguas, como Nabokov, para que haya de todo.
Por contra, llenan las páginas párrafos de Harold Brodkey, Christian Stead, Joy Williams, Scott Spencer, David Gates, Edward St. Aubyn, Bruce Wagner, Henry Green, George Eliot, Jane Blowles, Deborah Eisenberg, Diane Johnson, William Trevor, ZZ Packer o Junot Díaz. Y hombre, no digo yo que sean malos autores, sobre todo porque no los he leído, pero por las edades que más o menos tienen, si de contemporáneos norteamericanos se trata y de ejemplos de cómo se debe escribir (porque de cómo se debe leer o cómo lee un escritor ya pronto nos tenemos que olvidar una vez avanzamos un poco) algunas referencias a Faulkner, Capote, Pynchon, DeLillo, Bukowski, Fante, Mailer, K. Dick, Sturgeon, Kerouac, Burroughs, McCarthy, AC Homes, Palahniuk, Ellis, Vonnegut, Updike, Auster, Brautigan o Wolfe (ni siquiera a mí me gustan todos los que cito, pero al menos son referentes) podrían haber aparecido, porque lo que en mi caso puedo llegar a intuir es que los autores citados son escritores de best sellers, sobre todo por la edad de los mismos, ya que si se tratara de escritores muy jóvenes uno podría pensar que aún no han sido traducidos o lo han sido pero sin tener aún demasiada promoción fuera de su país. Pero, como digo, al tratarse en muchos casos de escritores ya fallecidos o de una cierta edad, me inclino a pensar que sus méritos son el haber escrito best sellers que dieron origen a películas famosas, y que esos son los referentes culturales y literarios del público nortemericano hacia el que se dirige el ensayo.

4) No cumple el propósito del título. No incido más en ello, simplemente uno, al terminar el libro, no sabe cómo lee un buen escritor. Es más, lo poco que se dice no me convence: no creo que se deba hacer eso que llama la autora "una escritura atenta", pensando en cómo se construyen las frases, cómo se usan los adjetivos, etc. Es más, al terminar el libro creo que quien pretenda ser escritor debería leer como el que no quiera serlo, y que el leer mucho y el escribir mucho le llevarán a escribir mejor. Eso es como tocar el piano de oído o que te enseñen en una escuela: ésto último no hace que compongas mejor (ni peor), pero quizá sí el escuchar mucha música y tocar muchas horas, aunque nadie te haya dicho cómo.

5) Hay muchas obviedades. Y no es que uno vaya de listillo, pero al leer algunos ejemplos de lo que no hay que hacer se observa, no lo que haría un mal escritor o un novato, sino alguien que ni tan siquiera lee.

6) El título (por contradecirme y volver a incidir), además de no cumplir las espectativas es pretencioso, porque la autora se considera a sí misma buena escritora. Al fin y al cabo, ¿cuál sería la respuesta a Cómo lee un buen escritor?. Pues, obviamente, un buen escritor lee como yo, luego se infiere que soy buena escritora porque yo escribo. Bueno, tal vez ésto se parezca un poco a aquel silogismo de Ionesco sobre Sócrates y los gatos, porque tal vez ella solo lea como una buena escritora y aunque escriba no sea buena escritora, es decir, que lee cmo una buena escritora lo haría pero luego escribe y se la olvida la lección que ella misma escribió... No creo, pensándolo bien, que sea tan parecido al silogismo de Ionesco, pero bueno, dejémoslo ahí. En todo caso seamos justos: el título en inglés no dice nada de buen escritor, sino de escritor, y tiene un subtítulo mucho más acorde al contenido: a guide for people who loves books and for those who want to write them. Aquí no se habla por tanto ni de buenos escritores ni de sus tecnicas de lectura.

7) Las descripciones de novelas son pesadísimas y aburridísimas. Páginas y más páginas detallándonos el argumento de un libro de Austen para... ¿para qué? Aún no lo sé.

En resumen, un libro muy decepcionante, con un título engañoso y que no recomiendo en absoluto. Tan solo, y por decir algo positivo, me hizo llevar la cuenta de una serie de escritores a los que no había oído mencionar en mi vida y de los que quizá un día, si me aburro mucho, busque información.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Rant, de Chuck Palahniuk.

Rant: la vida de un asesino. Chuck Palahniuk.
Mondadori. 2007
320 pags.

La última novela de Palahniuk, editada por Mondadori en España el mes pasado, me parece algo floja. En primer lugar tiene mucho de inverosímil. Y toda esa inverosimilitud se mantiene una buena parte en suspense, para después de una parte media de la novela muy aburrida, desvelarnos en las últimas páginas que todo cuadra, que hay una explicación para todo, si bien la explicación parta de una lógica paracientífica o acientífica.

Hay también durante la primera parte varios cambios que pronostican varias tramas paralelas. De tan paralelas que son -tangenciales sería mejor decir-, podrían desarrollar varias novelas diferentes. Una realista, con toda la infancia del protagonista, sus padres, sus mocos, las primeras bobadas que hace (a lo Mark Twain pero en cabrón quizá)... Otra de literatura fantástica, con todo el rollo de las predicciones, todos esos comentarios absurdos que no hay quien se los crea (aunque quizá en otro contexto)... Otra de ciencia ficción, con el rollo de las transcripciones y las exo-cargas (la más interesante, quizá)... Y otra con el tema de las choquejuergas, en plan futurista, crítica social antisistémica, road-movie... Finalmente todas esas tramas se van tratando poco a poco: la última mencionada, la más aburrida y pelmazo, una suerte de juego donde adolescentes con poco atractivo como personajes (salvo tal vez Neddy Nelson, el último en aparecer y que es el más interesante y el más identificable), conducen y chocan, se divierten con ello, tienen Reglas y Días del Árbol y Noches de Bodas y alguna tontería similar, tienen una emisora donde dan avisos de accidentes... Todo aburridísimo. Y es que, ¿es divertido conducir y chocar? ¿Es transgresor coger un coche y conducir? Pues quizá sí para un norteamericano, pero para mí es un auténtico pestiño comprobar cómo página tras página, estoy oyendo hablar a personajes que juegan con coches unas partidas de choquejuerga con sus reglas y su lenguaje propio que a mí me importa una mierda, adolescentes medio retrasados que además hablan todos igual (de bien, por contra).

En cuanto a la estructura, Palahniuk pretende una especie de lo que en cine se llamaría falso documental. Pero no el equivalente a F for Fake de Welles o Zelig de Allen (o los muy interesantes de Martín Patino para la televisión), donde se mezclarían por ejemplo, manuscritos con entrevistas, documentos, opiniones, etc., sino el equivalente a un documental para la televisión por cable a base de entrevistas y montaje rápido. Para ello da voz en cada párrafo a un personaje de una multitud de ellos, entre los cuales, por ejemplo, llama mi atención los testimonios que vienen precedidos de "De las notas de campo de Green Taylor Simms", donde uno podría imaginar que, tratándose de "notas de campo", éstas podrían haber estado escritas en tiempo presente, para así contraponer a los testimonios en tiempo pasado del resto de personajes y dar cierta riqueza, pero no, Palahniuk no sólo lo transcribe en pasado sino que a veces hasta parece seguir la sucesión de hechos relatados por el resto de personajes, que uno se imagina, no se si acertadamente, juntos en una misma sala hablando al tiempo (p. 215). Es decir que de eso de “de las notas de campo” podría haber prescindido por completo y haberse quedado con Green Taylor Simms, porque además al final no se aclara nada respecto a qué son esas notas de campo, solo que el personaje en cuestión es Historiador, lo cual me hace ratificarme en mi apreciación.

Los personajes no adquieren una personalidad fuerte. No son muy atractivos, y a veces lo que dicen lo podría haber dicho otro personaje, sobre todo cuando se trata de los amigos de la infancia o los choquejuerguistas. Quizá es que son demasiados. Mención aparte para los Mercer (capítulo 21). Aquí el matrimonio Mercer sí se retrata hablando y de paso retrata a Echo. Y el resultado es también desastroso, porque la única conclusión posible a la que el lector puede llegar es a la de que los Mercer son de una imbecilidad también, como no, inverosímil. No, Chuck, no se puede ser tan idiota, ni siquiera imaginando un futuro en el que la gente tenga un USB en la nuca. De tan idiotas podrían haber resultado graciosos, pero tampoco.

Y es que, ciertamente, entre esos personajes, y esas choquejuergas uno piensa que, o bien se ha hecho mayor (uno) y el amigo Chuck no, o bien Chuck se ha pasado a la Literatura juvenil con el fin de pervertir ciertas mentes (y asegurarse la cartera futura). O simplemente Chuck, como escritor, en aquellos talleres literarios a los que asistía para hacer amigos, suspendió la asignatura de "Eliminar material".

Tras ese Alpe d'Huez que supone el segundo tercio de la novela (por decir una cantidad, que bien podría ser de la página 100 apr. a la 260) todas aquellas inverosimilitudes y dudas se esclarecen en el final, un final, como digo, paracientífico y que resuelve todo mezclando demasiadas cosas a la vez, H. G. Wells, parapsicología, religión, historia política, epidemiología... pasando a un final que por impredecible no deja de ser un poco desconcertante: ¿no hacía presagiar todo, sobre todo tras leer el principio de la novela, que Rant desencadenaría un final apocalíptico, una epidemia de dimensiones bíblicas y que haría tambalear el Sistema y el Imperio? Pues nada de eso pasa, y parece que la rabia como vino se fue como vino se fue como vino...
Podría haber sido una novela de 150 páginas pasable. Creo que la parte de las choquejuergas no debería ser tan larga porque, además de aburrida rompe la trama y el tono de la novela que pasa a ser un videojuego adolescente infumable. El resto bien. Y el conjunto irregular. Poco humor, dos o tres escenas y tampoco graciosas sino divertidas (y ésto siendo generosos). Una novela fallida. Espero que al autor se le olvide eso de hacer una trilogía.

martes, 13 de noviembre de 2007

En el salón no se juega.

A veces se exige al lector, o, precisando más, el lector se exige a sí mismo y con ello su público (el lector, a día de hoy, también puede tener su público, y no lamentar en soledad no poder compartir su pasión enfermiza por la literatura: ese público está en un blog, en un foro, en una comunidad, está en la red, en definitiva) le exige veladamente cierta elocuencia a la hora de transmitir sus sensaciones con respecto a una lectura o a un autor. Quizá la culpa la tengan los propios autores que, cada vez más, hablan de otras obras y otros autores (incluso en blogs), sin necesidad de acojerse a una escuela de crítica o directamente sin hacer crítica (una variante es la opinión de determinados autores sobre la literatura o sobre autores que encontramos a menudo en las entrevistas, recurso este, el de la entrevista, mucho más accesible desde que existe internet, y muy recurrente para el lector). De hecho la crítica literaria es, muy a menudo, aburridísima, al menos a mí me parecen aburridísimas esas revistas sobre libros, o esos suplementos donde uno tiene que rastrear a su crítico favorito entre un mar de ineptos y vagos que parecen estar haciendo un trabajo para un profesor, a menudo cegados en sus análisis por la cerrazón intelectual y la ideología (o peor aún, la línea editorial).

Y es que uno se lee de repente y en un arrebato todas las novelas de Marías o de Pynchon o de quien sea y vas y se lo dices a tus amigos, a veces simplemente eso, que te las has leído, quizá por toda respuesta obtengas un ¡no jodas! o algo así, quizá tu mujer sonría con orgullo, pero como no puedes decir mucho más o no sabes decir mucho más, simplemente aduces esto a que ellos no sabrían escucharte, o simplemente no mostrarían interés alguno, o más simplemente aún, les resultarías aburrido y decides decírselo a alguien que sí esta interesado. Solo que después te das cuenta de que quien pueda estar en un momento dado interesado en conocer tu opinión sobre una obra de Marías es, bien el navegante que busca información, y que se contentará con leer cuatro adjetivos del tipo "obra maestra", "basura", "aburrido" o "pedante", bien quien comparta tu pasión y simplemente haya leído también esa obra y decida comparar tu análisis con el suyo. Pero para eso hay que hacer las cosas muy bien, quiero decir, hay que aportar algo nuevo.


Aportar algo nuevo a estas alturas a mí se me hace difícil. Recurrir a lugares comunes, indecente y aburrido. Cualquier otra cosa me deja siempre la sensación de inutilidad. ¿Cuántas veces he llegado a escribir algo en este blog, o un comentario en otro, y lo he borrado después de pensármelo mejor? También en la blogosfera hay que ser consecuente y existen ya demasiados blogs, demasiadas opiniones, demasiada vacuidad en los discursos, demasiada neopedantería (neologismo de creación propia que viene a definir una suerte de pedantería de nuevo cuño que en vez de alardear de cultura alardea de incorrección política teñida de pseudocultura: mala hostia de salón), como para seguir escribiendo tonterías, ¿no crees?.

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