Los excluidos. Elfriede Jelinek
Traducción Carmen Vázquez de Castro.
Ed. Mondadori. 1980. 207 p.
En Los excluidos, Jelinek utiliza un estilo aparentemente más tradicional que en Las amantes. Los personajes, al igual que en aquella, son algo arquetípicos y se van perfilando con maestría a lo largo de la novela. Al igual que en Las amantes, también en esta ocasión se trata de cuatro protagonistas, dos chicas y dos chicos, con sus respectivas familias, si bien en esta ocasión no se da carácter protagónico a las dos mujeres sino a los dos hermanos y por extensión, a su familia.
Se plantean dicotomías, aunque no de manera maniquea, entre las clases sociales como en Las amantes se planteaban entre hombres/mujeres y campo/ciudad. Así, en esta ocasión a la pequeña burguesía decadente y reprimida encarnada por un autoritario pater familias ex nazi, depravado y paródico, junto a su patética mujer y sus caprichosos y pretenciosamente desclasados hijos, se contrapone una clase obrera ignorante, encarnada en el hijo de una víctima de Mauthausen y en su madre, representación viva de la ideología periclitada de cierta izquierda polvorienta, hijo que así mismo muestra la ruptura (por desencanto) con su clase y el desarraigo con su familia y su pasado. También se retrata de manera tangencial en el personaje de Sophia, la burguesía acomodada, clase a la que ni unos ni otros (de los anteriores citados) podrían acceder y por ello envidian en todo, causando que se muestre así toda la crueldad, el juego con los sentimientos y el desprecio consciente e inconsciente admitidos y aceptados por el sistema. Un sistema que también y tan bien ha aceptado su pasado nazi con disimulo e indiferencia.
Políticamente, Jelinek no hace una crítica sesgada y parcial de una clase a la que detesta, plagada de ex nazis y cómplices, sino que también se muestra dura con los socialistas, en concreto no elude las críticas dirigidas de manera directa al Partido socialista austríaco a quien acusa de traición a la clase obrera.
El estilo es sencillo aunque está muy bien estructurada. Se muestra más singular a la hora de construir diálogos, ya que recurre a distintos mecanismos para decirnos quién habla, bien con un nombre entre paréntesis, bien usando los dos puntos (:) detrás del nombre, bien dando voz al personaje durante la narración, o bien asumiendo el narrador, y ésta, creo, es la forma más interesante, la voz del personaje incluso a mitad de frase.
Uno de los temas favoritos de Jelinek es el amor. En este caso se produce un esquema que se resume en: R ama a S; S ama a H; H ama a S; A ama a H; S se marcha y R, A y H se quedan sin amor. Una vez más, el amor existe pero no produce más que dolor.
El final trágico, narrado con acierto de una manera fría, distanciada y aséptica, nos enlaza de nuevo con Las amantes, por cuanto plantea otro de los principales temas de la narrativa de Jelinek: el destino impuesto a los hijos por sus padres de generación en generación. En el caso de la novela anterior, el destino de las mujeres en tanto que genero considerado inferior al hombre, y en este caso el destino violento de los hijos, producto de la violencia de una generación que supuso una degradación moral de carácter universal y que no puede evitar (ni quiere) mancillar el destino de sus descendientes. No importa que a Rainer le guste la poesía y Camus, o que Anna disfrute de la música y de Bataille, o que sean ácratas en lugar de fascistas como sus padres, su destino será trágico o no será, como tampoco importa que Hans sea un lerdo para que también se le intente imponer un destino. La sensibilidad de una generación canalizada de manera negativa por culpa de la tragedia que originaron sus padres.
Traducción Carmen Vázquez de Castro.
Ed. Mondadori. 1980. 207 p.
En Los excluidos, Jelinek utiliza un estilo aparentemente más tradicional que en Las amantes. Los personajes, al igual que en aquella, son algo arquetípicos y se van perfilando con maestría a lo largo de la novela. Al igual que en Las amantes, también en esta ocasión se trata de cuatro protagonistas, dos chicas y dos chicos, con sus respectivas familias, si bien en esta ocasión no se da carácter protagónico a las dos mujeres sino a los dos hermanos y por extensión, a su familia.
Se plantean dicotomías, aunque no de manera maniquea, entre las clases sociales como en Las amantes se planteaban entre hombres/mujeres y campo/ciudad. Así, en esta ocasión a la pequeña burguesía decadente y reprimida encarnada por un autoritario pater familias ex nazi, depravado y paródico, junto a su patética mujer y sus caprichosos y pretenciosamente desclasados hijos, se contrapone una clase obrera ignorante, encarnada en el hijo de una víctima de Mauthausen y en su madre, representación viva de la ideología periclitada de cierta izquierda polvorienta, hijo que así mismo muestra la ruptura (por desencanto) con su clase y el desarraigo con su familia y su pasado. También se retrata de manera tangencial en el personaje de Sophia, la burguesía acomodada, clase a la que ni unos ni otros (de los anteriores citados) podrían acceder y por ello envidian en todo, causando que se muestre así toda la crueldad, el juego con los sentimientos y el desprecio consciente e inconsciente admitidos y aceptados por el sistema. Un sistema que también y tan bien ha aceptado su pasado nazi con disimulo e indiferencia.
Políticamente, Jelinek no hace una crítica sesgada y parcial de una clase a la que detesta, plagada de ex nazis y cómplices, sino que también se muestra dura con los socialistas, en concreto no elude las críticas dirigidas de manera directa al Partido socialista austríaco a quien acusa de traición a la clase obrera.
El estilo es sencillo aunque está muy bien estructurada. Se muestra más singular a la hora de construir diálogos, ya que recurre a distintos mecanismos para decirnos quién habla, bien con un nombre entre paréntesis, bien usando los dos puntos (:) detrás del nombre, bien dando voz al personaje durante la narración, o bien asumiendo el narrador, y ésta, creo, es la forma más interesante, la voz del personaje incluso a mitad de frase.
Uno de los temas favoritos de Jelinek es el amor. En este caso se produce un esquema que se resume en: R ama a S; S ama a H; H ama a S; A ama a H; S se marcha y R, A y H se quedan sin amor. Una vez más, el amor existe pero no produce más que dolor.
El final trágico, narrado con acierto de una manera fría, distanciada y aséptica, nos enlaza de nuevo con Las amantes, por cuanto plantea otro de los principales temas de la narrativa de Jelinek: el destino impuesto a los hijos por sus padres de generación en generación. En el caso de la novela anterior, el destino de las mujeres en tanto que genero considerado inferior al hombre, y en este caso el destino violento de los hijos, producto de la violencia de una generación que supuso una degradación moral de carácter universal y que no puede evitar (ni quiere) mancillar el destino de sus descendientes. No importa que a Rainer le guste la poesía y Camus, o que Anna disfrute de la música y de Bataille, o que sean ácratas en lugar de fascistas como sus padres, su destino será trágico o no será, como tampoco importa que Hans sea un lerdo para que también se le intente imponer un destino. La sensibilidad de una generación canalizada de manera negativa por culpa de la tragedia que originaron sus padres.