La vida instrucciones de uso.
Georges Perec.
Trad. Josep Escué. 1978. Anagrama. 640 págs.
Releyendo estos días El Quijote me doy cuenta de que por alguna razón me gusta mucho eso del juego de narradores que hacen algunos autores. No me refiero a nada complicado sino a algo tan sencillo como que Cervantes escriba un texto a partir de una traducción hecha por un morisco de un manuscrito escrito por Cide Hamete encontrado en una librería de viejo de Toledo. Me gusta la historia dentro de la historia dentro de la historia. Es como cuando mi madre o mis tías me cuentan cosas de su juventud y ponen voces diferentes cuando quien cuenta la historia no son ellas sino otro que se las ha contado. Me gusta cuando Bernhard o Sebald enlazan esos “dijo fulano, dijo mengano” o "decía, dijo", en una narración donde el autor escucha una historia que alguien le contó a alguien, o que nos cuenta algo que alguien le contó que le contaron. Me gusta la estructura de Lord Jim. De hecho en Conrad eso relativiza el grado de fiabilidad de lo contado, añadiendo puntos de vista sin recurrir a cambios de narrador. Estructura pura y dura. Literatura. Etcétera (o como escribiría un pedante &cétera).
Por eso, el penúltimo libro que leí me parece magistral. En La vida instrucciones de uso se utiliza este recurso hasta el extremo, no ya solo en lo que a narradores se refiere, sino que también juega de ese mismo modo con el espacio y el tiempo. Varios personajes pueden estar en el mismo espacio en tiempos diferentes. O el mismo personaje. O en un mismo espacio podemos viajar a través del tiempo, al acercarnos haciendo un zoom a una tabaquera donde hay una ilustración de alguien sobre el que se nos cuenta una historia, su vida quizá, o un cuadro, o una baraja de cartas ilustradas, o una biblioteca de libros apócrifos y auténticos.
Y cuando dije antes que Perec utiliza este recurso hasta el extremo me refiero a esos momentos en que lo que hay dentro de una historia (o de una pieza), es una replica de lo que hay fuera, incluida esa referencia (algo así como un bucle anidado). Todo ello en un puzzle tridimensional grandioso. Continuas correspondencias, si leemos atentos, entre el fondo y la forma, entre lo que sucede y como se describe.
Muy pocas veces recurre Perec a otra cosa que no sean descripciones, sean estas tanto de lo que “se ve”, como de lo que “se hace”, no hay reflexiones, ni diálogos, ni tampoco valoraciones o juicios por parte del narrador, que si bien es un narrador omnisciente, más parece una cámara que todo lo ve que un Narrador-Dios de novela decimonónica. Y sin embargo, pese a ésto, el que no use artificios para describir el interior de cada personaje, al final tenemos simpatías y repulsas por unos u otros, y los personajes no dejan de provocarnos sentimientos. Por eso y por muchas otras cosas considero que la novela es una obra maestra absoluta.