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sábado, 26 de enero de 2008

Días aún más extraños, de Ray Loriga



Días aún más extraños. Ray Loriga.
El Aleph, 2007. 127 págs.


A Ray Loriga lo descubrí tarde. Creo que cuando empezó a publicar ni tan siquiera supe de él. Por aquel entonces yo leía poco, empezaba muchos libros pero sólo terminaba algunos, era un lector entre ávido y perezoso, creo que de hecho aún soy así, solo que ahora sí hago ese esfuerzo por llegar a la última página. Perdí la urgencia por aprender.

El caso es que conocí tarde a Loriga, lo que no significa que lo leyera porque cuando lo vi o cuando lo leí y sobre todo escuché sobre él, decidí que no me gustaba, una de esas decisiones injustas que uno toma en la adolescencia sin sentir culpa alguna. Loriga me caía mal. No me gustaba de qué iba y no me gustaban las portadas de sus libros. Alguien dijo que cuando hizo su primera película había jugado a ser Welles y se le había notado demasiado su torpeza y yo estuve diciendo eso mismo desde entonces sin haber visto su peli siempre que se salía el tema de Loriga. Yo entonces leía a Kerouac y a Umbral y escuchaba a Deep Purple, y me sabía de memoria Ciudadano Kane. Loriga no me interesaba nada. Y la Rosenvinge menos.

Tiempo después un compañero de la Universidad me dijo que para opinar de Loriga lo mejor que podría hacer era leerle, y me habló de Tokio ya no nos quiere, y como a esa persona no le gustaba Bob Dylan sin haberle escuchado nunca o habiéndole escuchado mal o con prejuicios, me dije que yo no podía ser como él y al mismo tiempo que le dejé algunos discos del genio americano, leí aquel libro. Y me gustó. Después leí Héroes y Lo peor de todo, y también me gustaron. Creo de hecho que Lo peor de todo me gustó más, lo entendí mejor o me resultó más cercano, como si Loriga hubiera escrito el libro que yo hubiese querido escribir y que ya nadie podrá hacerlo porque lo hizo él. Un libro que de haberlo escrito yo después ya no me hubiera gustado, pero seguramente porque habría escrito otros mejores. Héroes, sin embargo, me pareció más pretencioso. Pero no fue hasta El hombre que inventó Manhattan cuando vi que Loriga escribía de putísima madre. Y no porque Vila-Matas hubiera hablado bien de él, porque de hecho a Vila-Matas lo empecé leyendo mal con Historia abreviada de la literatura portátil y lo dejé por unos años, hasta que salió El mal de Montano, bueno no, creo que antes aluciné con Recuerdos inventados, y eso que detesto las antologías, seguro que injustamente, pero mi generación soportó el mal de las antologías musicales, esos productos infames de las discográficas para sacar pasta al fan, y yo fui muy fan y hasta aún lo soy, aunque ya sólo de Bob Dylan, y si bien en la literatura no es lo mismo, en mi interior se remueve algo cada vez que veo una antología, todo lo contrario a cuando veo unas Obras Completas, y por eso, cuando vi esa antología creo que pensé, bueno, es Vila-Matas, de quien leí lo de la Literatura portátil y me dejó algo decepcionado o indiferente porque lo leí mal, lo leí con prisas y sin entusiasmo, al menos fui consciente de ello, que ya es un mérito, y si le quiero dar una oportunidad, me dije, qué mejor que una antología y si me gusta ya veremos, y aluciné, me gustó muchísimo y decidí seguir leyéndolo, y entonces vino El mal de Montano y me cambió la forma de leer el mundo, así de claro, pero cuando yo leí Recuerdos inventados ya había leído El hombre que inventó Manhattan, es decir, que fue hace como tres años y pico, aunque parezca un montón de tiempo ya. Por entonces murió Bolaño y entonces me puse a leer todo de Bolaño. Yo siempre llego tarde y así me va. Ahora me llego en el Nobel del 2004. Bueno, vayamos a la crítica o reseña o como se quiera llamar:

~

Días aún más extraños es la supuesta continuación de aquellos Días extraños que Loriga publicó en 1994 y que yo nunca he leído. Sin embargo, y como por azar, hace poco, haciendo limpieza encontré en una caja algunos Monográficos, revistas que se conseguían gratis en algunos bares a los que iba entonces -La luna, el Lisboa, La latina, el Berlín, La milonga, el Trastero, el Utopía... algunos ya ni existen, claro-, y que hoy aún se publica después de 20 años. En uno de esos monográficos, en el nº 33, que debe ser como del año 95, viene un texto perteneciente a Días extraños, con lo que puedo afirmar que:

La primera vez que leí a Ray Loriga fue allá por el año 1995, etcétera.


Días aún más extraños es un libro dividido en dos partes, una con artículos, donde Loriga se me descubre como un buen columnista, mejor de lo que hubiera imaginado, aunque tampoco tendría por qué imaginarme nada a este respecto. Lo curioso de estos artículos sin embargo es que constatan dos hechos. Bueno, tres, si contamos lo que dije acerca de su calidad. O sea, constatan tres hechos. Primero, su calidad, porque están muy bien escritos. Segundo, su actualidad, porque siendo un libro publicado el año pasado, pero con artículos de hace dos y tres años, por sus páginas desfilan personajes como Bobby Fischer, Ingmar Bergman, Ángel González o los obispos de Madrid. Como el periódico de la semana pasada, vaya. Y tercero y complementando lo anterior, su carácter efímero, por cuanto ya se quedaron en poco tiempo demasiadas cosas por el camino, algunos muertos ilustres, otros más anónimos, una tregua y unos sueños rotos... Y aunque parezca contradictorio, es así: todo parece estar igual de mal y se repiten las mismas mierdas pese a que hayan cambiado algunas cosas que hacen que parezca que lo que pasó hace cuatro años sea hace ya demasiado tiempo...
Hay por tanto artículos sobre películas, Con la muerte en los talones, Nuestra Música, sobre héroes como Fischer, sobre artistas como Robert Frank, genios de la música como Bob Dylan, escritores (geniales también) como Vila-Matas o Cheever, grandes del cine como Bergman o Godard o el "portátil" Zulueta, y hasta extravagancias como ese gusto por Baroja -quizá por aquello de ser “vasco en Madrid”-..., y luego hay una serie de artículos que parecen cuentos, donde la actualidad no existe -porque son intemporales-, y donde Loriga se encuentra más cómodo, o quizá igual de cómodo, pero que son más interesantes, porque se trata de un libro y no un periódico, y aunque no sé si es tan interesante leer un artículo así en un diario, si me lo parece leerlo en un libro. Son artículos donde habla de su infancia, de su abuelo, de su familia y el cuento breve del Niño que no mira, que es un cuento en forma de artículo.

La segunda parte tiene lo mejor y lo peor del libro. Es un cuento dividido en tres partes, que son tres cuentos, el primero en forma de carta dirigida a Rodrigo Fresán, donde le habla de que escribió dos cuentos, otra donde se cuenta uno de esos cuentos, el “inacabado” y una tercera donde se narra el segundo cuento.
El cuento en forma de carta está escrito de manera espléndida. Contiene momentos particularmente buenos, en mi opinión pertenecen a lo mejor escrito por Loriga nunca. Habla de un narrador que se siente frustrado, que de pronto toma conciencia de que es un escritor mediocre y por eso se pasa al cine, que no se atreve a cruzar el abismo vilamatiano, un narrador que se muestra humilde y que hasta anuncia que lo mejor sería dejarlo pero que no puede. Un escritor que mueve a la compasión.
Ya sabemos todos lo aburridísimo que es eso de analizar e interpretar cuándo habla un autor por boca de su narrador y cuándo no, qué es ficción y qué no, qué es una falsa autobiografía o autoficción novelada. Pero yo aquí sí veo que Loriga se autoficciona. Es imposible que alguien que ama el cine como él, que ama el cine de Bergman o de Godard, crea en las palabras del narrador cuando dice que se pasa al cine porque no tiene ya nada que contar. Para alguien que ame el cine de Bergman o de Godard, Bergman narrando es tan bueno como Mann, Godard tanto como Joyce, Visconti tanto como Proust, Tarkovski tanto como Pessoa, Pasolini tanto como Pasolini. Sólo es posible escribir un texto genial y decir en dicho texto que es imposible ya escribir un texto genial, si nos distanciamos del contenido lo suficiente como para pensar, también lo suficiente, en la forma, como para intentar en esta ocasión -como en cualquier otra-, hacerlo. Es decir, que el narrador y Loriga no son el mismo, porque entrarían en contradicción. Tan viejo como la literatura.

El segundo truco de Loriga es el siguiente cuento. Esta vez es un cuento donde se anuncian Tres destellos (así se titula) y sólo se narran dos destellos. El truco cosiste en decirnos, para refrendar lo anterior y continuar con la metaficción, que en lugar de dejar un cuento incompleto en la carpeta de “incompletos” del PC, lo da a publicar. Normalmente un escritor no da a publicar un cuento inacabado, sólo se publican cuentos inacabados de escritores muertos. Si Loriga publica un cuento inacabado es porque es necesario como complemento al primer cuento y también como anticipo al tercero. Y para ello Loriga no se pone a escribir un cuento y decide después mutilarlo, ni tampoco decide recuperar un cuento de una carpeta de “incompletos”, por contra Loriga escribe un cuento y usa el truco de los tres destellos para decirnos que falta un tercero, un tercero como podrían ser un tercero y un cuarto, de titularlo Los cuatro destellos, o como podría haberlo completado escribiendo un tercer “destello”, de lo que hasta “el otro Loriga” sería capaz, o mejor aún, como podría haberse titulado los Dos destellos y entonces ser un cuento completo y perfecto. Pero entonces lo que no estaría perfecto sería el cuento de la carta a Fresán. Es decir que la completitud del cuento inacabado es inherente al anuncio de su incompletitud en el preludio al cuento, que es el cuento anterior.

El tercero es lo que en palabras del "otro Loriga" sería un cuento a lo Salinger, y que no es otra cosa que un cuento con un tema tan anodino como carente de cualquier interés en la trama, sobre unas pijas
nuriabermudezcas y sus rollos adolescentes. Excelentemente escrito, pero que abunda, quizá esta vez sí involuntariamente, aunque no me atrevo a afirmarlo, en lo dicho en el primer cuento. Es decir, que sería un cuento escrito por el personaje Loriga autoficcionado por el autor Loriga en la primera parte del tríptico. Un autor más parecido a Amy Hempel que a Carver.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Las amantes, de Elfriede Jelinek

Las amantes. Elfriede Jelinek.
Trad. Susana Cañuelo y Jordi Jané.
Ed. El Aleph. 1975. 185 págs.


Preámbulo.

Alguien dijo que lo opuesto al amor no era el odio sino la indiferencia. Estoy de acuerdo: a veces el odio es simplemente el reflejo de la frustración de no encontrar en el amor el Ideal.

En estos días mucha gente muestra su odio y su queja afirmando taxativamente que odia la navidad. La odian por mil motivos, porque les recuerda a algo o a alguien que ya no tienen, porque les molesta e incomoda alguna de las actitudes de la gente a su alrededor, por lo que ven por televisión o -sobre todo- por el gasto económico que supone.

Yo no odio la navidad, a mi la navidad me es completamente indiferente, aunque me roce. Este mes gasté sólo un poco más que el mes anterior y no hice nada extraordinario, ni tan siquiera fui a la cena de empresa porque no me dio la gana.

Y así, con este espíritu navideño afronto lleno de amor mis últimas lecturas del año y primeras del siguiente leyendo a Elfriede Jelinek:


Crítica.

Las amantes, de 1975, es una magnífica novela escrita con un lenguaje seco, sencillo y directo al tiempo que no exento de lirismo. De hecho su estilo se semeja al verso libre, en este caso usando una división en párrafos poco convencional. Utiliza, así mismo, recursos propios de la poesía como el estribillo repetitivo o la repetición de frases enteras en las voces paralelas.

Nos muestra la vida de cuatro personajes, dos hombres y dos mujeres, en la Austria de hace treinta años, marcados por el odio, reflejado en el machismo, la preñez, el alcohol y la violencia. Es un odio y una violencia que lo impregnan todo y que nos muestran la sordidez de la vida cotidiana, siendo este, a mi parecer, un mérito indudable de Jelinek. Y es que, sobre esta vida cotidiana, que se muestra tan arquetípica –si bien los personajes, que comienzan siéndolo, se van mostrando cada vez más ricos en matices y más verosímiles- hay por parte de la autora un claro distanciamiento de la narración, caracterizado por la conciencia de su ficcionalidad.









pueden faltar meses todavía, muchas páginas de libro todavía hasta que el niño saque la cabeza por el bajo vientre como un gusano sale de la manzana, tal vez no lleguemos tan lejos aquí, tal vez tengamos que interrumpir antes. pero no importa, pues ya sabemos cómo sigue. la vida sigue sin sorpresas, sino por vías ordenadas. (Pág. 126)

próximamente describiremos una bonita boda, para que la acción no resulte tan insatisfactoria.

no se deben contar sólo cosas negativas y feas. (Pág. 154)


Dicho distanciamiento hace que la tensión dramática desaparezca o se muestre muy diferente de lo que podría ser un drama al estilo O’Neill, donde la acción transcurrirría hacia un final inevitable, con una especial tendencia a mostrar ese fatalismo que inunda el ambiente desde el principio y que avocaría a los personajes hacia un final trágico inexorable. En Jelinek no hay progresión, porque lo fatal ya se muestra de entrada, ya se sabe, no hay una evolución hacia un final inesperado pero sospechado, la tensión en ese sentido ha desaparecido enterrada desde antes de que empiece la novela. Ni siquiera la aparente diferencia entre el destino de los dos personajes femeninos hace que podamos decir que la acción se encaminaba a hacernos ver dos caminos paralelos con dos finales distintos, uno feliz y otro trágico. No hay más que observar la mediocridad de la vida de quien supuestamente evita la tragedia para darnos cuenta de ello. La estructura circular, con un prólogo y un epílogo que comienzan idénticos y llenos de parlelismos, nos mostraría a la perdedora buscando una nueva salida justamente como empezó la ganadora buscando la suya. Un nuevo sarcasmo, pues lejos de ser un final abierto a la esperanza nos muestra a un ser vencido y derrotado que para conseguir algo renunciará a todo a cambio de la mediocre felicidad que a la manera del personaje ganador, puede con suerte alcanzar.

Haciendo una lectura política de la obra no encuentro por ningún lado ese tan cacareado feminismo recalcitrante de la autora. Obviamente los personajes masculinos son deplorables, pero no lo son menos los femeninos. En especial aquellos de cierta edad, lo cual plantea el conflicto generacional, si bien queda perfectamente claro que los personajes jóvenes femeninos se convertirán sin el menor género de dudas en personajes detestables una vez que sean madres, una vez que sean maltratadas, una vez que decidan aguantar y llevar las vidas que sus madres llevaron y la sociedad diseñó para ellas. Se trataría más de misantropía que de feminismo, y sobre todo y si se quiere, de un completo rechazo -sin juzgar, solo mostrándolo- al machismo.

Como dije antes, no se nos muestra una atmósfera de fatalismo que se cierne sobre los personajes de manera cruel, sino que se nos está hablando del azar, de la suerte, reflejada en las vidas de dos adolescentes que deciden hacer algo para encaminar sus vidas hacia un destino y que la mera suerte hace que terminen de manera diferente: o mal o fatal. Ese fatalismo sí se podría observar en la estructura circular, en ese eterno retorno que evidencia una situación de roles amarrada al presente como al futuro.

Tampoco creo que sea Jelinek una autora que no crea en el amor, bien al contrario, cree de una manera absoluta, como demuestra también en la novela que leo ahora, Los excluídos. Más bien se trata de que creer en el amor no significa tener una buena concepción del mismo, que es bien diferente y bien fácil de entender.

Hay un tema interesante y es el sentido de propiedad. Dije antes que era el odio congénito lo que hacía que todo, desde la violencia, el sexo o el alcoholismo al trabajo, las relaciones paterno-filiares o el propio paisaje, estuviera viciado de origen. Leyendo con más profundidad uno advierte, sin que la autora haga un hincapié excesivo que habría sido un completo lastre para la narración, que el causa y origen de todo eso es el sentido de la propiedad. Los hombres quieren poseer un trabajo y una mujer y más tarde unos hijos, mientras la mujer, para dejar de ser una mera posesión de sus padres, quiere poseer un marido que las posea, una casa, unos hijos. Entre medias, posesiones menos trascendentes y ningún sentido moral al respecto que se aleje de esta moral capitalista protestante.

Otro detalle curioso y que también podría tener una lectura política es que toda la novela esté escrita sin ninguna letra mayúscula, ni tan siquiera la de principio de párrafo o después de punto y seguido, tampoco obviamente los nombres propios, todo excepto algunas palabras pronunciadas por el único personaje que pertenece a otra clase social, a la burguesía adinerada, lo cual viene a mostrar el conflicto de lucha entre clases de manera gráfica. En este sentido no es Jelinek una escritora marxista sino más bien anticapitalista, como lo es antimachista y no feminista, pese a la lectura miope de muchos críticos y lectores.

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