Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones varias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones varias. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de mayo de 2009

Curiosidad mefistofélica.

Leo en el blog Trópico de la Mancha cómo Tomás lee con deleite a uno de mis autores favoritos, Thomas Mann y su Doktor Faustus. En ese mismo momento yo estoy leyendo a Goethe, Las afinidades electivas. Hoy en su blog, Tomás menciona a Goethe, esta vez a propósito de Schopenhauer y Marai. Abro mi actual lectura, el inicio de la segunda parte de Del tiempo y el río de Wolfe, y me encuentro con con un título tan revelador como El joven Fausto. Veo (ayer) una magnífica y monumental película sobre Hitler de Syberberg (Primera Parte: Desde el árbol del mundo hasta el roble de Goethe en Buchenwald) y navegando por la red me encuentro con un comentario sobre el Mephisto de Klaus Mann hijo de Thomas...

En junio de 2008, hace casi justo un año, en este mismo blog escribí una reseña sobre La Calera, de Thomas (van tres) Bernhard. Lo curioso es que en los comentarios yo formulaba una especie de anhelo acerca de una de sus obras más destacadas, su pentalogía autobiográfica: que se editara en Anagrama toda junta por unos 20€ en su colección económica. Pues bien, parece que Herralde me ha hecho caso y en junio, precisamente, saldrá tal edición con los cinco libros juntos por solo 21,70 €. Gracias.

Ahora pensaré qué obra deseo que se edite en junio de 2010, y volveré a evocar a Mefistófeles...

martes, 13 de noviembre de 2007

En el salón no se juega.

A veces se exige al lector, o, precisando más, el lector se exige a sí mismo y con ello su público (el lector, a día de hoy, también puede tener su público, y no lamentar en soledad no poder compartir su pasión enfermiza por la literatura: ese público está en un blog, en un foro, en una comunidad, está en la red, en definitiva) le exige veladamente cierta elocuencia a la hora de transmitir sus sensaciones con respecto a una lectura o a un autor. Quizá la culpa la tengan los propios autores que, cada vez más, hablan de otras obras y otros autores (incluso en blogs), sin necesidad de acojerse a una escuela de crítica o directamente sin hacer crítica (una variante es la opinión de determinados autores sobre la literatura o sobre autores que encontramos a menudo en las entrevistas, recurso este, el de la entrevista, mucho más accesible desde que existe internet, y muy recurrente para el lector). De hecho la crítica literaria es, muy a menudo, aburridísima, al menos a mí me parecen aburridísimas esas revistas sobre libros, o esos suplementos donde uno tiene que rastrear a su crítico favorito entre un mar de ineptos y vagos que parecen estar haciendo un trabajo para un profesor, a menudo cegados en sus análisis por la cerrazón intelectual y la ideología (o peor aún, la línea editorial).

Y es que uno se lee de repente y en un arrebato todas las novelas de Marías o de Pynchon o de quien sea y vas y se lo dices a tus amigos, a veces simplemente eso, que te las has leído, quizá por toda respuesta obtengas un ¡no jodas! o algo así, quizá tu mujer sonría con orgullo, pero como no puedes decir mucho más o no sabes decir mucho más, simplemente aduces esto a que ellos no sabrían escucharte, o simplemente no mostrarían interés alguno, o más simplemente aún, les resultarías aburrido y decides decírselo a alguien que sí esta interesado. Solo que después te das cuenta de que quien pueda estar en un momento dado interesado en conocer tu opinión sobre una obra de Marías es, bien el navegante que busca información, y que se contentará con leer cuatro adjetivos del tipo "obra maestra", "basura", "aburrido" o "pedante", bien quien comparta tu pasión y simplemente haya leído también esa obra y decida comparar tu análisis con el suyo. Pero para eso hay que hacer las cosas muy bien, quiero decir, hay que aportar algo nuevo.


Aportar algo nuevo a estas alturas a mí se me hace difícil. Recurrir a lugares comunes, indecente y aburrido. Cualquier otra cosa me deja siempre la sensación de inutilidad. ¿Cuántas veces he llegado a escribir algo en este blog, o un comentario en otro, y lo he borrado después de pensármelo mejor? También en la blogosfera hay que ser consecuente y existen ya demasiados blogs, demasiadas opiniones, demasiada vacuidad en los discursos, demasiada neopedantería (neologismo de creación propia que viene a definir una suerte de pedantería de nuevo cuño que en vez de alardear de cultura alardea de incorrección política teñida de pseudocultura: mala hostia de salón), como para seguir escribiendo tonterías, ¿no crees?.

viernes, 19 de octubre de 2007

Una página perfecta.

Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso.

Roberto Bolaño. Los detectives salvajes, 1998.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Sobre blogs de lecturas.

Leo más novela que ensayo. Concretamente leo más narrativa, porque a parte de novelas también leo libros de cuentos y, con menos frecuencia, memorias o biografías. Leo mucho menos poesía. La poesía me crea cierta ansiedad en el sentido de que me deja la sensación de que la leo mal, de que la leo a medias y de que necesitaría volver a leer varias veces, casi a estudiar, cada libro que acabo. Una sensación de aplazamiento. Por eso quizá la poesía que más me guste sea la de Machado, o la de Pessoa o incluso la de Bob Dylan, pero me frustra un tanto leer a Celan, e. e. cummings o Dylan Thomas, por ejemplo. Sin embargo no me gustan algunos poemas de Bukowski (aunque Lo más importante es saber atravesar el fuego me parece muy bueno) o de Carver, me decepcionaron algunos de Bolaño al que tanto admiro como narrador y mi poeta favorito es Leopoldo María Panero. O sea, que no se trata de un tema de prosaísmo en la poesía, ni mucho menos.


En cuanto al teatro, me gusta más leerlo que verlo, por eso algunas obras no me atraen, porque son demasiado para escena, por ejemplo, recuerdo que no me gustó Días felices de Beckett, aunque me gusta todo el resto de su obra traducida al castellano, como Fin de partida, Esperando a Godot, Eleutheria... Pasa lo mismo con Bretch, sus obras me gustan y su concepto del teatro también, pero si hay canciones de por medio me siento limitado a la hora de leerlo, porque pienso que leo algo que no está escrito para leer sino para ver/escuchar, o cuando le da por sacar cartelones a escena, como en La Madre, uno lo puede imaginar pero no seá lo mismo, a parte de que imaginar un teatro con unos actores que interpretan es para mi algo que no soporto, prefiero leer el teatro e imaginarme una realidad, sea cual sea, fuera de una platea.

Por otro lado, el ensayo me apasiona, pero me agota más y por eso siento la necesidad de no leerlo tan de contínuo, quizá sea solo un hábito de lo más absurdo, porque, pensándolo fríamente, uno puede leerse los ensayos que quiera de forma continuada, tal vez solo sobrecargan la red neuronal los ensayos filosólicos, pero el resto son casi como leer un periódico.

Leo y leo. Y cuanto más leo más tengo la sensación de que dispongo de poco tiempo para leer. Este año, fácilmente llegaré a sobrepasar los 100 libros leídos, y sin embargo siento que veo demasiado la tele, tardo demasiado en leer el periódico, duermo demasiado poco pero paso demasiadas horas en la cama, paso demasiado tiempo en los bares, o haciendo la compra, o hablando, o simplemente estando con mi pareja... (¿paso demasado tiempo viviendo?).

Pero esto que estoy escribiendo no es una reflexión sobre lo que hago, lo que leo o mis gustos, sino una reflexión sobre la necesidad de reseñar mis lecturas aquí.
Llevo ya un tiempo sin poner una entrada. Y no se trata de ver que quizá pocos lean ésto, que a mí me importa poco a decir verdad, sino de observar que de los libros que leí hace más de un año apenas podría recordar cuatro cosas y a veces ni eso, quizá incluso no recuerde siquiera cuánto me gustaron, quizá solo recuerde que me gustaron muchísimo y me marcaron o que fueron detestables y me
costaron un esfuerzo tremendo terminarlos, pero de la gran mayoría, es decir, de todos los demás que se inscribirían fuera de esas dos categorías, no recuerdo apenas nada, y que por eso sería necesario y bueno llevar un recuento y por qué no, compartirlo.

Otra reflexión me lleva al hecho de saber cómo se hace un comentario a un libro. Hay muchísimas posibilidades, y ejemplos existen tanto en las revistas y suplementos literarios, libros de crítica, como en la propia blogosfera. Pongamos un ejemplo reciente, el último suplemente de Babelia, y veamos dos ejemplos de cómo hacer un comentario o una crítica a una obra narrativa. La crítica a la última obra de DeLillo es canónica y académica, pero es la clase de crítica que solo debería interesar, y a veces ni tan siquiera, a quien ya haya leído el libro. Está basada en contar el argumento de la obra, extraer algunos fragmentos representativos y exponer un juicio final en dos o tres líneas. También se puede poner un preludio aludiendo al autor, a sus obras anteriores o a datos de su biografía. En definitiva, una crítica que cualquiera podría hacer, que sería la que haría un alumno de Bachillerato, y que, como ya dije, a mí particularmente solo me interesaría si tuviera a dicho crítico como una autoridad y quisiera contrastar su juicio con el mío. En el resto de los casos, es decir, tanto si me importa un bledo o no conozco al crítico, como si no he leído la obra, suelo pasar por este tipo de artículos leyendo únicamente el titular y el final.
La otra manera de hacer una crítica sería sin contar nada o lo extrictamente necesario del argumento. En éste sentido puede servir de ejemplo, y siguiendo el mismo número de Babelia, la crítica a la última obra de Claudio Magris. Ésta es la clase de crítica que a mí siempre me interesa y leo completamente, independientemente de que coincida en su valoración con el autor de la misma, o de que haya o no leído la obra. Es, además, y contrariamente a lo que podría parecer, la única reseña que puede hacerme tomar la decisión de leer una obra que no tuviera decidido ya leer, incluso que tuviera decidido no leer.

En los blogs, gran parte de los autores de reseñas de sus lecturas recurren a la primera opción. Una gran parte recurre directamente al mero inventario de lecturas, siempre con las herramientas que los blogs ponen a nuestra disposición, como copiar y pegar la reseña de la sobrecuvierta tomada de la página de la editorial, tomar una imagen del autor, o de la portada, o poner unas estrellitas valorando el placer que suscitó dicha lectura.
A mi ese tipo de blog no me interesa nada. Me interesaría hacer un blog donde reseñara mis lecturas haciendo un juicio a la obra, y no hablando de su contenido y su argumento. Salvo en el ensayo. Creo que la critica al ensayo puede hacerse, y a veces es la mejor forma, desentrañando su contenido y extrayendo citas, es decir, a la manera de la fórmula clásica que hice mención refiriendome a la crítica a la novela de DeLillo, si bien en este caso se puede enjuiciar de manera más exhausitiva que una novela.

En este blog he reseñano novelas y ensayos, pero no estoy satisfecho con las reseñas de las novelas. No sé juzgar una novela y no sé hacer una crítica a una novela. Como tampoco sé hacerlo de una película. De hecho creo que me es más fácil hacerlo de una mala novela, o de una mala película. También eso forma parte de la grandeza de una novela: que nos guste y no sepamos porqué, y tengamos entonces que recurrir a lugares comunes: sobre su trama, sus personajes, su estructura, su final o su estilo...

A veces las mejores críticas vienen de escritores que son grandes lectores. En muchos de esos casos éstas se fundamentan en el acervo del crítico, en su posibilidad de enfrentar la obra con el resto de la producción del propio autor, o con las de la misma temática, época, género...

Pero para ésto hay que seguir leyendo años y años.

Top 15 lecturas 2022

  1. Una vida absolutamente maravillosa, de  Enrique Vila-Matas  (2011) 2. Esch o la anarquía, de  Hermann Broch  (1931) 3. Si te dicen que ...