sábado, 23 de mayo de 2009

Imágenes de Lenin, de León Trotsky.

Imágenes de Lenin.
León Trotsky.

1924. 148 págs.
Traducción: Felipe Sarabia.
Serie popular Era.

Compré este libro hace unos días, en un puesto de viejo en la Feria del Libro Antiguo de Valladolid. Lo encontré en una sección de "novela rosa", medio escondido, al precio de 2 €. Es un libro impreso en México en el año 1970. Obviamente en aquel año no se encontraban textos de esta naturaleza por España.

El texto está escrito a raíz, o tras la muerte de Lenin, por su fiel amigo y camarada Trotsky. En él da cabida a la imagen que tiene de Lenin a través de su propia experiencia y sus grandes dotes de observador. Trotsky era buen escritor, ameno y claro, y con una prosa esmerada. A veces se deja llevar por el panegírico, lo que demuestra por otra parte y a un tiempo, su fidelidad y admiración. Nos muestra a Lenin en diferentes épocas y actitudes.

En
Lenin como tipo nacional, por ejemplo, se nos revela la importancia que tiene el origen de Lenin en su pensamiento. Se le compara, así, con lo que podría ser un revolucionario centroeuropeo, observando como el ruso no comprendía la Reforma, ni la Revolución (burguesa), ni su "tercer Estado" sabía nada de Lutero, Munzer, Mirabeau, Marat o Robespierre, pero toda esa tradición debía suplirla con energía revolucionaria. Por eso sus obras son ejercicios de preparación, según Trotsky, a diferencia del caudal teorizante de Marx y Engels.

Lenin y la vieja Iskra nos relatan de manera detallada los días de la clandestinidad y el exilio europeo y cómo se conocen ambos protagonistas. Narra las diferencias encontradas entre las dos posturas de la redacción de la revista, sobre todo llegados al punto de la política activa, la organización y el terror. Por entonces, todos estaban contra Berstein y a favor de Kaustky. Como se verá, más adelante éste último será foco de los ataques de Lenin en El Estado y la revolución.
Como anécdota, Trotsky señala que en uno de sus primeros artículos (sobre la fortaleza de Schlüsselburg) introdujo la expresión "manos invictas" en relación a las manos que la revolución alzaba sobre el zarismo. Era una cita de la
Ilíada, que a Lenin no le gustó y que fue suprimida.
Cuenta con más detalle si cabe que en sus
Memorias ésta parte importante de la historia, no dedicándose exclusivamente a Lenin sino también apuntando o esbozando algunos rasgos de la personalidad de otros muchos compañeros de lucha. Trotsky es muy claro al mostrar los tipos, como el de Vera Ivanovna, dirigente que chocaba con Lenin y que mantenía un radicalismo un tanto subjetivista, o las constantes disputas con Martov o Plejánov. En éste sentido se muestra a las claras la opinión de Lenin favorable a la lucha armada callejera contra la policía. Martov defendía que se instruyera a los obreros para la defensa, y el propio Trotsky, muy joven entonces, dudaba si las posturas de Lenin no significaban propiamente el terrorismo. Ya en los primeros años del siglo se veía claramente cuáles eran las posturas y las ideas de Lenin. La polémica con Deutsch venía del hecho de que éste defendía una especie de amenaza de revolución que hiciera amedrentarse al sistema y obligarle a ceder en algunos puntos, dado que consideraba indiscutible que un alzamiento sería aplastado sin remedio.
También Trotsky muestra algunas diferencias con su jefe, si bien de manera más sutil. Por ejemplo en lo relativo a la dirección del Comité Central, que Lenin se negaba a que se dejase de dirigir desde el exilio, a lo que Trosky reprocha el que esa postura se tomase como una suerte de dictadura, a lo que Lenin, simplemente responde con un
"¿qué hay de malo en ello?".
Lenin se muestra, por tanto, a ojos de Trotsky como un líder nato, un hombre de acción y un hombre con las ideas clarísimas. El lector observa también demasiada dureza y hasta menosprecio por los que no le siguen. Sin embargo no pueden ser más ciertas y reveladoras las intuiciones de Trotsky al respecto:
"En mi opinión ya se sintió predestinado a ser jefe cuando empezó a trabajar al lado de los viejos, los maestros, y se convenció de que era más fuerte y necesario que ellos".
"Los viejos del partido llevaban veinte años de destierro. Para ellos Iskra y Zariá eran ante todo empresas literarias. Para Lenin, al contrario, significaban el instrumento inmediato de la acción revolucionaria".


Después Trotsky nos detalla los acontecimientos de La Revolución de Octubre. Lo detalla con minuciosidad, aportando datos sobre Lenin y sobre sí mismo, sobre algunas posibles controversias o malas interpretaciones que se harían después, como el hecho de que Trotsky trate de unir el máximo número de adeptos a la causa, idea que se fragua en el campo de concentración de Canadá en el que coincide con varios exiliados de otras corrientes, y que apoya el propio Lenin. Así, comienza dirigiéndose a las masas como
"nosotros, bolcheviques e internacionalistas", haciendo mención a dos grupos distintos, para terminar hablando de "nosotros, bolcheviques internacionalistas".
La aparición de Lenin en el Congreso, nos muestra a una persona que es poco menos que menospreciada por los demás dirigentes y cuyo énfasis y algunas de sus posturas –la
"necesidad de arrestar a cincuenta capitalistas"- no son del todo bien recibidas y, por tanto, fracasa. Para Lenin por aquel entonces el pueblo está mil veces más a la izquierda que el Partido, y él pretende estar del lado del pueblo. Y tomar el poder. Él fue de los pocos que en aquellos días defendían esa postura. Más tarde nos relata la importante decisión de poner fecha a la toma del poder. En este caso vemos al Lenin estratega, que disfruta engañando al enemigo burgués anticipándosele.
Nos retrata Trotsky los acontecimientos de la paz de Brest-Litosk, de manera más detallada y clara de lo que lo hace en sus posteriores
Memorias, al menos a mi me lo pareció. El hecho de que incluso la socialdemocracia alemana considerara que aquella paz era una comedia escenificada entre bolcheviques y el gobierno alemán, y de que fuera el propio Trotsky quien le propusiera a Lenin la apremiante necesidad de que los obreros de Europa pudieran tener una clara muestra de la enemistad entre ellos y los Hohenzollerns, a lo cual Lenin se resistía por razones prácticas, es uno de los pasajes más interesantes de la Gran Guerra.
Ante la convicción de la imposibilidad de seguir con la guerra contra Alemania, también surgían las dudas de en qué condiciones debería firmarse la paz, teniendo en cuenta el factor tiempo, ya que eran momentos en los que el movimiento obrero alemán tenía sus ojos puestos en Rusia tanto como esta en aquel, ante la posibilidad de una revolución. En principio todos apoyaban la idea de una paz a costa de lo que fuera. Sin embargo los acontecimientos hacen que Lenin decida continuar la guerra...

Uno de los aspectos que señala Trotsky como importantes es el fallido intento por tomar Polonia.
"La significación contrarrevolucionaria que el tratado de Riga tenía para el destino de Europa puede comprenderse si se imagina la situación que se produjo en 1923, bajo el supuesto de que hubiésemos tenido una frontera común con Alemania. [...] Es indudablemente cierto que el movimiento revolucionario en la misma Polonia se hubiera producido más favorablemente sin nuestra intervención militar y el fracaso de ésta". Tiempo después la Unión Soviética continuaría cayendo en los mismos errores, y aún teniendo fronteras comunes con muchos países, de poco le sirvió.

También nos descubre Trotsky la idea de Lenin de, caso de que los alemanes marcharan hasta Moscú, crear una República Ural-Kusnetsky, en los Urales, en tierras más inaccesibles, y poblada por los obreros de Moscú y Petrogrado, previendo futuros y numerosos cambios en la situación internacional.

En el capítulo dedicado a la Asamblea Constituyente, se nos descubre al Lenin más inflexible y más duro. Tanto que es fácil, sin hacer un esfuerzo, ver en éste Lenin al Lenin más antipático. Quizá quien tenga la idea de la democracia actual tan arraigada que no entienda lo que significaba ésta en aquella época, o lo que significaban el socialismo y la dictadura del proletariado antes de llevarse a cabo, realizará una lectura reductora y tonta del texto, cosa que, quizá, por aquello de estar muy lejano, no haría de otros enemigos de la democracia de su tiempo como lo fue, por ejemplo, Platón. Sin embargo algunas de sus frases son ciertamente expeditivas:

"Debemos aplazar las elecciones -declaró-. Debemos ampliar los derechos electorales a los mayores de 18 años. Tenemos que recomponer las listas de candidatos. Los nuestros no son buenos: demasiados intelectuales que se han precipitado a nuestro partido cuando lo que necesitamos son obreros y campesinos. Declararemos fuera de la ley a los kornilovistas y a los cadetes."

"¿Por qué decir ahora que es impolítico aplazarla? Y si la Asamblea Constituyente es un conglomerado de cadetes, mencheviques y socialistas revolucionarios, ¿también eso es político?"


El propio Trotsky lo ve así:

"El pueblo no pensó siquiera un momento en defender a quienes se consideraban sus elegidos, cuando no eran más que vagas sombras de un período revolucionario definitivamente caduco"

Para Lenin, según Trotsky:

"La disolución de la Asamblea Constituyente por el poder soviético representa la liquidación pública y completa de la democracia formal en nombre de la dictadura revolucionaria. La lección no suscitará dudas".

Muestra a un Lenin favorable a la pena de muerte, contra la opinión de Kamenev de abolirla, si bien, como se hizo comprender a Lenin, se trataba de derogar una ley instaurada por Kerensky contra los soldados desertores. Lenin se muestra convencido de que la dictadura es la única opción, de que sin el terror es imposible salvar la revolución,
"¿creen acaso que podemos triunfar sin el terror revolucionario más severo?", llega a preguntar. "¿Qué entienden por dictadura? ¿Adónde iría a parar la dictadura si se anduviese con melindres?"
Quizá estas palabras suenen demasiado duras a nuestros oídos, como sonaban duras las palabras "Comité de Salvación Pública" a los parisinos de La Comuna, pero para Lenin la palabra dictadura y terror significaban un medio legítimo y revolucionario fundamental ante una amenaza real.
Trotsky recurre a la anécdota para darnos la imagen de un Lenin centrado en los asuntos más importantes y dejando a un lado cuestiones menores que más tarde, cuando llega a abordarlas, olvidará que se habían ya tratado en su día. Un Lenin cuyo poder de concentración en lo fundamental es también parte de su carácter.
Otro aspecto en lo que incide Trotsky es en la convicción de Lenin en cuanto decía. Como ejemplo nos trae el hecho de que Lenin hablase de que para construir el socialismo en Rusia se necesitaran unos meses. Se pregunta Trotsky si no se referiría a unos años, pero llega a la conclusión de que cuando Lenin habla de meses creía en lo que decía. ¿Qué pensaría aquél Lenin de saber que setenta años después aún viviría Rusia bajo la tutela de un Estado transitorio al socialismo?

Lenin en la Tribuna, nos habla, entre otras cosas de la libertad de prensa, Trotsky nos vuelve a revelar un aspecto poco simpático del líder:
"- Nuestros periódicos han sido suspendidos. (le dice un menchevique)
- ¡Naturalmente! Pero por desgracia aún no lo han sido todos. Pronto lo serán, y por completo. La dictadura del proletariado hará cesar esta venta vergonzosa del opio burgués".


Se nos muestra a un Lenin conocido, y que ha quedado para la posteridad en la memoria de todos (se le puede observar en el púlpito y dirigiéndose a las masas en la película de Joaquín Jordá,
Lenin Vivo!, que recupera todos los documentos sonoros y fílmicos que han quedado).

En
El filisteo y el revolucionario se relata un curioso encuentro entre H. G. Wells y Lenin, lo que éste pensaba sobre aquel y lo que aquel escribió sobre lo que vio. Trotsky se muestra muy crítico con Wells, y nos muestra a un Lenin despreciativo con respecto al novelista británico. Lenin le desprecia por burgués y por creerse con más derechos que cualquier otro para verse con él cara a cara, lo que a Lenin le parecía abusivo por cuanto para el Wells era un burgués más. En cierto modo Lenin muestra algo del desprecio hacia el intelectual de letras que Trosky nunca hubiera tenido.

Lenin herido nos ofrece un Lenin tras el atentado sufrido, pero no es más que un discurso de Trotsky de exaltación de su figura en un momento difícil.

En
Lenin enfermo, Trotsky nos retrata, más que al líder, su propio ideario: critica el peligro de la burocratización y la esperanza en una revolución a escala europea. Para Trotsky esa espera en tanto no acontezca supone un "agobio" del cual será un alivio escapar en un futuro que ve cercano. Más que al Lenin enfermo (interesante y recomendable de ver sería Taurus, de Sokurov, aunque es de justicia decir que verla únicamente por el contenido histórico empequeñecería en muchísimo nuestra visión), se nos muestra al propio Trotsky ante la enfermedad de aquel.

El último capítulo,
Lenin ha muerto, nos esboza la desolación que produce la muerte de éste y el sentimiento de orfandad que genera en el partido. Termina con un "¡Adiós jefe!", que resume todo el sentimiento de Trotsky hacia Lenin.

viernes, 8 de mayo de 2009

Curiosidad mefistofélica.

Leo en el blog Trópico de la Mancha cómo Tomás lee con deleite a uno de mis autores favoritos, Thomas Mann y su Doktor Faustus. En ese mismo momento yo estoy leyendo a Goethe, Las afinidades electivas. Hoy en su blog, Tomás menciona a Goethe, esta vez a propósito de Schopenhauer y Marai. Abro mi actual lectura, el inicio de la segunda parte de Del tiempo y el río de Wolfe, y me encuentro con con un título tan revelador como El joven Fausto. Veo (ayer) una magnífica y monumental película sobre Hitler de Syberberg (Primera Parte: Desde el árbol del mundo hasta el roble de Goethe en Buchenwald) y navegando por la red me encuentro con un comentario sobre el Mephisto de Klaus Mann hijo de Thomas...

En junio de 2008, hace casi justo un año, en este mismo blog escribí una reseña sobre La Calera, de Thomas (van tres) Bernhard. Lo curioso es que en los comentarios yo formulaba una especie de anhelo acerca de una de sus obras más destacadas, su pentalogía autobiográfica: que se editara en Anagrama toda junta por unos 20€ en su colección económica. Pues bien, parece que Herralde me ha hecho caso y en junio, precisamente, saldrá tal edición con los cinco libros juntos por solo 21,70 €. Gracias.

Ahora pensaré qué obra deseo que se edite en junio de 2010, y volveré a evocar a Mefistófeles...

jueves, 7 de mayo de 2009

Las afinidades electivas, de Johann Wolfgang von Goethe.

Las afinidades electivas.
Johann Wolfgang von Goethe.

1809. 350 págs.
Trad. Manuel José González y Marisa Barrero. Ed. Cátedra.

Quizá sea cosa de estudiosos y académicos valorar una obra en función de cuándo se escribió, de lo cual yo siempre he huido, precisamente por considerarlo un lastre y no aportarme nada en lo personal, y no hay nada más personal que la lectura, y quizá por eso, dichos académicos, al hacer de la lectura algo no personal sino colectivo, se hayan siempre fijado en este hecho con demasiado afán, y con ello, hayan hecho periclitar el gusto por la lectura en muchos. Sin embargo, hay que dejar claro que este hecho en sí mismo, el de valorar con denuedo la importancia del contexto, no equivale en todo caso a menospreciar el carácter de adelantado y de precursor que puedan tener un autor o una obra. Quizá se trate, de nuevo, de la antítesis católico-protestante de la salvación por las obras o por el trabajo, de ese valor añadido a la obra que pudiéramos encontrar en la cantidad de tiempo consagrado, de las condiciones de trabajo, de las presiones para no llevarlo a cabo, del afán de superación y otras virtudes similares que, contra lo que puede pensarse, no hacen que una obra sea mejor. Tampoco un aspecto a priori negativo como el afán de lucro la haría peor.

Sin embargo, en este sentido, es difícil, en algunos casos, hacer siempre una lectura desapasionada de una obra sin tener en cuenta quién la escribe. Y en ese quién se encierran muchas cosas. Creo que es lo que siempre pasará al leer a Sade, y lo que puede suceder al leer hoy a Goethe. No en vano esta novela, escrita casualmente hace dos siglos exactos, tiene cercano el influjo de la Revolución francesa, es decir, puede ser más moderna que lo que se escribió más tarde.

Y es que Las afinidades electivas es una novela que podríase haber escrito medio siglo más tarde y que aún seguiría siendo válida mucho tiempo después. Tiene algo de esa modernidad clásica que la hace inmortal e intemporal, más moderna hoy por cuanto se persigue y se valora tanto el que una novela tenga parte de memoria personal y parte de ensayo. Esta parte ensayística, de lo más admirable a mi entender de la obra, pese a haber sido criticada en su día por ralentizar la trama, la introduce Goethe a través de los diálogos, de la propia intervención del narrador, y por medio de la inserción de un diario personal de uno de los personajes, diario aforístico en buena parte que es una de las cosas imprevisibles que el buen lector agradece, sin duda, quizá esperando un diario sensiblero y romántico insufrible.

Otro de los rasgos de modernidad de la obra es su crítica hacia el matrimonio. En este sentido dicha crítica puede interpretarse como una prolongación de la crítica a la sociedad en su conjunto -incluida una crítica a la forma de educación religiosa en un interesante pasaje. Y es que, si bien Goethe nos muestra un entorno bucólico maravilloso al que se entregan los personajes, no es menos cierto que se nos está mostrando la decadencia absoluta de una clase aburrida y parasitaria, que en su canto de cisne se entrega con devoción, no creo que con pasión siquiera, a la exaltación del mero adorno, del maquillaje moral y estético, del cual es fruto un entorno al que la pluma y la desbordante sabiduría del autor nos hacer más digerible. Pero está claro desde un principio con quien tiene afinidad el autor a la hora de mostrar a los personajes, quienes le caen menos simpáticos, en este caso el consejero matrimonial Mittler, la Baronesa y el Conde, y hasta algunos rasgos de la propia Charlotte, por no hablar de su insoportable hija Luciane, y del propio protagonista Edouard, contra Otillie, el capitán o el arquitecto, que representan las virtudes del trabajo, la superación, el desafío a la moral imperante y el feminismo, así como, sobre todo, el racionalismo.

Pero, y continuando con lo dicho acerca de la época en que es escribe e inscribe la obra, Goethe no puede ser del todo ajeno a los imperativos estéticos y morales dominantes, a los que él mismo contribuye. En este sentido se le escapa una buena dosis de romanticismo hacia el final de la novela -influjo del Sturm und Drang o precursor del movimiento romántico posterior-, así como cierto tufillo clasista, si bien ya no muestra simpatías claras hacia esos impulsos juveniles e irracionales. Y no se si es casualidad, pero igual que disfruté enormemente al leer la primera parte de su Fausto, y luché contra sus páginas en la segunda, en esta obra algunas de las buenas cosas construídas a lo largo de la obra me dejaron algo decepcionado en la última parte, que como a modo de concesión, se vuelve sentimental, alegórica y sensiblera, es decir, romántica. Lo cual no desmerece el que la considere una obra maestra.

sábado, 2 de mayo de 2009

Los complementarios, de Antonio Machado

Los complementarios.
Antonio Machado.

360 págs. 1912-1926. Ed. Cátedra.

Manuel Alvar, editor de esta obra, se encarga en el prólogo de hacernos ver la difícil empresa a la que se encomendó al ordenar los cuadernos póstumos de Machado. No me cabe duda, pero quizá hubiera sido todo un detalle hacer una edición para un lector, digámoslo así, de mediana cultura. Digo esto porque hay unas cuantas páginas, muchas, en las que Machado escribe en francés, y otras, también muchas, donde recapitula poemas en portugués, francés, inglés e italiano, sin ofrecer traducción alguna, lo que resulta además paradójico teniendo en cuenta que hay poemas de Nietzsche o de Blok, traducidos del alemán y el ruso al francés. En el caso del alemán aparecen los versos originales a pié de página, deferencia del mencionado editor. Por eso cuando me refiero al lector de cultura media me quedo corto, porque quizá un hasta un lector culto pueda no dominar cuatro lenguas. También hay que decir que un lector culto, como no es mi caso, puede sentir aún más que yo la desazón de no poder leer algunas páginas del libro. Quizá, con cierta arrogancia, el editor tuvo muy en cuenta la advertencia de Machado de que "todo lo que contiene este cuaderno son apuntes que nadie tiene derecho a publicar", y que ante la traición no le quedó otra para salir airoso que no tocar nada.

En cuanto a su contenido misceláneo, me quedo con algunos ensayos filosóficos sobre Nietzsche, Unamuno, Kant, Leibniz, Schopenhauer (el de Bergson no pude alcanzar a asimilarlo del todo, carencias mías), y, sobre todo, de literatura, Mallarmé, la poesía pura y Valery, Proust, la novela rusa, así como sus breves comentarios sobre España y su política. Las antologías poéticas me gustaron pero no dejan de ser lo que son. Interesante el apartado referente a los cancioneros apócrifos, con sus heterónimos, y con la vuelta de tuerca de introducir con cierta ironía a un tal Antonio Machado y aclarar que no debe confundirse con el célebre poeta autor de Soledades, lo cual es un doble juego que implicaría que el recopilador tampoco es Antonio Machado, ni su heterónimo (en este caso homónimo), porque si no, no se trataría en tercera persona, con lo que hasta el recopilador del cancionero apócrifo sería también un recopilador apócrifo.

En cuanto a lo que se refiere a España se dirige en términos absolutamente implacables:
"Sólo España, el país más estúpido del planeta, puede cerrar los ojos y dejarse llevar al derrumbadero por gente tan menguada"
fechado en Madrid, 5 de agosto de 1924, tras conocer la intención del Rey de restablecer el poder constitucional y tras el ninguneo de Unamuno, el "único hombre de España".

Otras interesantes referencias a España:
"Germanófilos y francófilos -frascuelistas y lagartijistas". (1914)
"¿Cuántas vueltas darán los pobres reformistas, antes de caer en el saco de la basura?" (1922)
"La actual reacción (...) es perfectamente explicable si se tiene en cuenta que toda la Europa occidental está hoy en actitud defensiva contra la revolución rusa.
(...)Nuestra bárbara política de Barcelona llamará sobre nosotros la atención del mundo. (...) El mundo obrero decretará el bloqueo de España. Todo lo sacrificaremos al triunfo de Loyola. (...) Nuestros hombres de la izquierda no parecen inquietos. (...) Nuestra regeneración puede operarse por presión externa. Seremos remolcados hacia el porvenir". (...) "España cae en cuatro patas. ¿Se levantará? Probablemente encontrará cómoda la postura y permanecerá en ella largo tiempo" (1923)
"El picarismo solemne: Maura, Lerroux. (1924)
"Unamuno es persona, y tan egregia, que por ella se salva España del desprecio de Europa" (1924)
En lo que respecta a la cultura, los eternos debates:
"¿A qué debe tender el estado futuro -dice Baroja con más fervor? ¿A la producción de la alta cultura o a la difusión de la cultura media? Acaso el deber del estado sea, en primer término velar por la cultura de las masas y esto, también en beneficio de la cultura superior. No puede atenderse con preferencia a la formación de una casta de sabios, sin que la alta cultura degenere y palidezca como una planta que se seca por la raíz. Pero los partidarios de un aristocratismo cultural piensan que mientras menos sea el número de los aspirantes a una cultura superior, más seguros estarán ellos de poseerla como un privilegio. (...) tiene razón Baroja cuando afirmó, que el sabio y el artista, aunque parezcan revolucionarios, son por su instinto conservadores. Pero el Estado debe sentirse revolucionario, atendiendo a la educación del pueblo, de donde salen los sabios y los artistas".(1924)
O alguna sentencia taxativa respecto a la poesía:
"El más absurdo fetichismo en que puede incurrir un poeta, es el culto de las metáforas".
Interesante libro, que me revela, una vez más, lo buen ensayista que era Machado, y lo que me sigue gustando, a pesar de los pesares, su poesía.

viernes, 24 de abril de 2009

El Estado y la revolución, de Vladímir Ilich Uliánov, Lenin

El Estado y la revolución.
V. I. Lenin.
Alianza Editorial.
1917. 181 págs.

La prueba palpable de que el proyecto comunista de la Unión Soviética fracasó no consiste en enumerar una por una y desde una perspectiva burguesa, pequeño-burguesa, liberal o de otro signo contrario todos los males que trajo consigo. En el fondo eso sería discutible y debatible por cualquiera. El hecho de que constituya un fracaso es, ni más ni menos, la constatación de que el proyecto de Lenin para el futuro de su nación no se llevó a cabo y que, bien al contrario, se fue acercando, cada vez más, hacia todas aquellas lacras que él mismo apuntaba como tales y de las que debía huirse para no caer en errores, errores que él imputaba al proyecto de los partidos comunistas occidentales y al de ciertos sectores de la izquierda rusa.

Ésto me lleva a una reflexión que ya hice en referencia a una de mis recientes lecturas, Madrid de corte a checa, donde decía más o menos que una obra elogiosa podría ser, de hecho, el mejor argumento contra sí misma, más allá incluso que una obra crítica, por el simple hecho de que ésta pudiera parecer sesgada. Así, por ejemplo, el hecho indiscutible de que Solzhenitsyn defienda el zarismo y se confiese como un profundo antidemócrata nos hace recelar más sobre cuanto escribe sobre el Gulag, no obviamente contra la obra en sí, sino hacia su autor, aún no tratándose de una obra de tesis. Otro tanto ocurre con Ostrovski cuando manifiesta su odio cerval hacia los trostkistas desde la alabanza al régimen stalinista. El que la alternativa sea aún peor que lo que critica nos hace plantearnos serias dudas sobre cuanto se expone.

En el caso de Lenin, ya no solo se trataría de criticar lo que el partido bolchevique lleva a cabo, que puede estar muy bien y ser defendible, sino, sobre todo, constatar que todo cuando quería plasmar en cuanto a la organización del Estado y la consecución del comunismo futuro fracasó.

El texto se hace largo, por cuanto las ideas, pocas pero fundamentales, se repiten de un modo demasiado reiterativo. De hecho las ideas de Lenin quedan ensombrecidas en tanto que, fundamentalmente, se plantean mediante citas de textos de Marx y Engels. En este punto hay que decir que, en honor a la verdad, lo aplicable a Lenin en cuanto a su fracaso de traducir sus ideas sobre el Estado y la revolución en hechos, en buena medida no serían aplicables a Marx o a Engels en tanto que ellos no llevaron a cabo ninguna revolución, y tan sólo asistieron a un hecho histórico fundamental por otra parte como fue la Comuna de París, que sí les sirve para demostrar como válidas algunas de sus doctrinas. El fracaso de ésta y su brevedad hacen que el análisis pueda resultar un tanto precario, pero no por ello menos importante.

Y es aquí, sin embargo, donde se puede hacer una crítica más real hacia las posturas de Lenin, porque él sí intentó llevarlas a cabo. Ese intento puede estar lleno de esperanzas y de logros fundamentales para el socialismo a nivel no solo soviético sino mundial, pero eso sería otro punto a analizar. Lo cierto es que este texto está redactado en los albores de la revolución y que por ello, todo cuanto se dice es plenamente criticable a la luz de los hechos que siguieron hasta el fin del comunismo y aún después.

La idea fundamental, como digo extraída de Marx y, sobre todo, de Engels, es que el Estado como tal, básicamente, se crea para ejercer la represión de una clase mayoritaria por otra minoritaria. A partir de aquí, la clase dominante se hace con los medios de represión conocidos para perpetuar su poder, concediendo en muchos casos limosnas a esa mayoritaria clase obrera para mantenerla contenta. El comunismo se llevará a cabo mediante una revolución que haría que, por medio de un Estado transitorio en el que la mayoría proletaria y campesina ejercerían una dictadura con el fin de eliminar la sociedad de clases llegando a un estado de cosas, en el cual dicho Estado transitorio, por su propia naturaleza tendiese a desaparecer, extinguiéndose por sí solo. Para ello los órganos y los instrumentos que tiene el Estado burgués deberán desaparecer y ser reemplazados por otros, puesto que si no se reproducirán los fracasos de otras revoluciones que lo único que han conseguido es cambiar la clase que ejerce el poder y mantener una mayoría explotada y sometida. Para ello propone una revolución que elimine todos los órganos de represión, por ejemplo la policía o el ejercito permanente, y crear un ejercito popular o proletario donde todos y cada uno de los obreros y por rotación lleven a cabo las labores de control y burocracia que, como ya dije, se irán extinguiendo, hasta que así mismo se extinga el propio Estado del que forman parte.

A partir de aquí Lenin critica de manera virulenta y reiterada a todos cuantos desde una óptica izquierdista, confunden las enseñanzas de Marx y Engels y quieren hacer ver al pueblo que la revolución consiste simplemente en la toma del poder y con ello, en el ejercicio de los poderes creados por el Estado burgués para llevar a cabo las reformas oportunas, o bien quienes pretenden acceder al poder democrático dentro de un Estado burgués, o quienes pretenden con gran ingenuidad llevar a cabo una revolución para eliminar directamente el Estado. Es decir, critica -y acusa de traicionar con ello a la clase obrera- a socialdemócratas y anarquistas al mismo tiempo.

El hecho de que Stalin ejerciera el Terror no significa en absoluto, y quien así lo entienda es un perfecto ignorante, que éste fuera más radical o más de izquierdas. Por contra sus ideas eran más reaccionarias y conservadoras (socialismo en un solo país) y mucho menos ortodoxas desde un punto de vista marxista. Stalin, y en gran parte Lenin (el Lenin presidente), ejercieron la socialdemocracia (tomando por tal a los que así llamaba en aquella época, es decir, a los comunistas alemanes y rusos que así se denominaban y que seguían a Bernstein primero o a Krautsky después) con los métodos represivos del fascismo.

Lenin se harta de criticar a los que defienden la intervención de los partidos políticos en el circo de la democracia, a los que defienden la dictadura del proletariado como fin último de la revolución, abomina del mal de la burocratización de los Estados, critica abiertamente el arribismo político, defiende a ultranza la desaparición del ejercito y la policía como elementos de represión, y aboga porque se busque encarecidamente el estado superior del socialismo: el comunismo.

Otra de las críticas que hace, y ésta es bien interesante, va dirigida a los que consideran el marxismo y las doctrinas de Engels como defensoras del federalismo o de la autonomía de los pueblos. A ello dedica un capítulo ciñéndose a lo que Engels concluía sobre la Comuna de País y lo que para él era el centralismo. Para Lenin el socialismo debe ser siempre centralista en el sentido engelsiano, a saber, la asociación libre de las comunidades para constituir una nación fuerte. En el fondo se trata, para Engels, de una unidad de comunidades independientes organizadas en un todo.
Este punto sigue siendo controvertido en la medida en que Engels analiza de manera práctica algunos ejemplos que para él conllevan interpretaciones diferentes, los casos de los Estados de los EUA, los cantones de Suiza o las regiones de Alemania. Por eso es un debate abierto en la medida en que siempre habrá quien pueda aplicar un ejemplo u otro a cada región en conflicto con un Estado centralizado. En este sentido creo que Lenin es absolutamente fiel en la práctica a lo que escribió antes.


Por tanto, El Estado y la revolución es un texto capital que adquiere una mayor relevancia veinte años después del fracaso del comunismo, fracaso teórico imposible de rebatir habida cuenta de que, según Lenin, y siempre siguiendo a Marx, ésta desaparición del Régimen de los Soviets sería prueba palmaria de su fracaso por cuanto no se pudo llegar a la situación en la que una vuelta atrás fuera inviable. Es decir, que es imposible albergar la más mínima duda de que el marxismo, tal y como lo entiende Lenin con rigurosa ortodoxia, únicamente puede por fuerza llevar a un estado de cosas en que se encamine de manera natural e inconsciente ya, hacia el comunismo. Si en menos de veinte años Rusia es un país capitalista y con enormes conflictos de clases, se debe exclusivamente al fracaso de la revolución.

Aún así, y siendo no sólo interesante sino necesaria una lectura de Lenin después de veinte años de caída del Régimen que él creó, también se debe hacer otra en la que se contextualice debidamente cuándo y dónde fueron escritas sus tesis. Hace casi un siglo, en una Rusia pobre y atrasada inmersa en la Gran Guerra y con una clase proletaria explotada por un Régimen agonizante. Eso hará entender también la pasión y la intransigencia de algunas de sus palabras. Queda, sin embargo, algo pobre a mi entender, el análisis de lo que Lenin entendía cómo se debe organizar el Estado transitorio, y completamente impreciso todo cuanto se refiere a la organización del sistema comunista devenido de la extinción del Estado, quedando todo ello en una mera -y algo decepcionante- abstracción.

lunes, 20 de abril de 2009

La calle de Valverde, de Max Aub.

La calle de Valverde.
Max Aub.

Cátedra. 1961. 543 págs.


La calle de Valverde es una crónica novelada de la España primorriverista, donde la maestría absoluta de la técnica y el lenguaje de Aub la hacen ser una novela extraordinariamente rica. Aub se distancia de los personajes mediante la caricatura y la ironía, en ocasiones, o como narrador omnisciente, otras, transmitiendo con ello un retrato fiel y creíble de aquellos tiempos, sin mostrar nostalgia en absoluto al hacerlo.

Es un admirable ejercicio literario para comprender y ver lo que era el mundillo literario madrileño, donde el autor mezcla con gran maestría personajes reales, trasuntos de estos y creaciones propias. No en vano los lugares donde desarrolla la trama no pueden ser más emblemáticos: la tertulia literaria (Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Ortega, Lorca, Alberti, Bergamín), la política -y la conspiración- (Araquistáin, Añaza, Negrin, Álvarez del Vayo), la casa de huéspedes, el mundo de los opositores (que vincula a los tres anteriores).

Aub recurre a la fragmentación, a la elipsis, a la superposición de tramas y de cuadros sin solución de continuidad, tanto espacial como temporal, para dar dinamismo al relato, en una suerte de estructura mosaica, que como suele ocurrir(me) en estos casos, si bien en alguna ocasión produce cierta confusión en cuanto a lo que le ocurre a cada personaje (cinco historias, paralelas o no), al final las piezas van encajando y uno termina la obra como quien termina de realizar un trabajo bien hecho. Eso es impagable, porque reconforta sobre manera al lector.


Otra huella de Aub es la mezcolanza de estilos, unas veces recurriendo a la estética valleinclanesca, otras a cierto costumbrismo irónico, algunas veces incluso mezclando el conceptismo más barroco con el giro arnichesco en el lenguaje, la pura narración decimonónica con el lenguaje casi cinematográfico o, justo lo contrario, teatral. En todo momento, sin embargo se nota el control total que tiene Aub de su obra. Ese aparente caos estructural y de estilos no es sino el reflejo de la narración, de los avatares de sus personajes y de la ebullición del ambiente. Al final en el lector queda más esto último, olvidando un poco las pequeñas tramas de los personajes, o tomando éstos como si de una galería de tipos se tratara.

Si esta novela se hubiera escrito en 2009 las mujeres hubieran tenido más relevancia y peso en la trama, pero como fue escrita hace casi medio siglo por alguien que vivió la época en primera persona (no en vano hasta aparece Max Aub como personaje, desde luego de una manera mucho más modesta a la estelar aparición del Conde de Foxá en mi anterior lectura, componiendo el solemne
Cara al sol), retrata a los personajes femeninos como lo que, por desgracia, eran en aquel entonces (1926): objetos pasivos.

Una de las cosas que llaman la atención de la obra y que dice mucho de Aub es que no haya descripciones y que, sin embargo, el lector tenga la sensación de que se le ha descrito toda una época de manera rigurosa y precisa. Todo ello, como digo, gracias al lenguaje expresivo y riquísimo en los diálogos, donde cada personaje, y son muchísimos, habla de manera diferente y singular. (¿Quién era aquel autor del 98 que hacía hablar igual a todos sus personajes?)


También aprovecha para criticar las posturas políticas de la época, no siendo en este sentido nada sectario. Se muestra crítico con Sbert, líder estudiantil entonces, de la FUE (posterior dirigente de ERC). También es muy crítico con los anarquistas, entre los que más o menos sitúa al célebre militar conspirador contra Primo de Rivera, Fermín Galán, así como a otros personajes algo oscuros. Pero donde reparte más es entre algunos dirigentes del PSOE, entonces colaboracionistas con la dictadura, al aceptar su participación en el Congreso. Nos muestra las discrepancias entre las facciones de Besteiro y Largo Caballero, que pretender colaborar, y la de Indalecio Prieto, que es contrario. Posteriormente, y ante la creación de la Asamblea Nacional, Besteiro se queda solo y Aub, que muestra simpatías hacia él, le critica hondamente.

Por tanto no muestra Aub una actitud sectaria o partidista, en realidad se muestra crítico con todos.


A parte de las escenas ambientadas en los cafés y las tertulias, donde los personajes hablan de literatura y de política, hay dos recursos más de Aub para hablarnos de estos temas inmortales. Uno es la maravillosa escena en el Villa Rosa en la que el mítico cantaor Antonio Chacón nos habla desde una perspectiva no intelectual de lo que son los españoles y España.
El otro es el de las cartas que escribe un periodista extranjero y donde se plantean muchos de los problemas de los españoles, sin tener problema tampoco para mostrar los tópicos que sobre nosotros había, pero mostrando con ellos la perspectiva de un extranjero que ve las cosas desde fuera, como quizá él mismo, que fue siempre un extranjero en todas partes.

Hay que decir que muchos de los personajes de la novela aparecerán más tarde en sus novelas de los Campos.

viernes, 10 de abril de 2009

Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá.

Madrid de corte a checa.
Agustín de Foxá.
1937. 351
págs.
Prólogo de Jaime
Siles. Biblioteca El Mundo.


Dice
Orwell en Homenaje a Cataluña que "Franco (..) no era sólo un títere de Italia y Alemania, sino que estaba ligado a los grandes terratenientes feudales y representaba una rancia reacción clérigo-militar. El Frente Popular podría ser una estafa, pero Franco era un anacronismo. Sólo los millonarios o los románticos podían desear que triunfara".

Y no se necesitan leer u oír las historias de lo que opinaban las derechas en los treinta en España, o lo que vino después o lo que estaba ya y se trataba de aniquilar, no se necesitan leer novelas de escritores comprometidos con las diversas causas de las izquierdas, sean estas revolucionarias o en clave de democracia burguesa. Simplemente leer la cumbre de la novelística
guerracivilista del bando fascista, la novela que nos ocupa, para darse cuenta de ello.

Madrid de corte a checa es, efectivamente una extraordinaria novela para comprender el punto de vista del fascismo español. A ello contribuye, además, la enorme capacidad que como escritor tiene Agustín de Foxá.

En mi memoria tengo dos opiniones, si bien de manera vaga, sobre la obra: la una de Francisco Umbral, quien en su
Trilogía de Madrid apunta que "el conde de Foxá, diplomático y cornudo, aguantaba bien el vuelo de un artículo, y los hacía muy lujosos, pero se embarullaba en la novela. Su Madrid de corte a checa es un Ruedo ibérico de derechas, que decae en seguida (estaba proyectado como trilogía). A Foxá, para escribir El ruedo ibérico, seguramente le sobraba un brazo. Quizá el derecho". Y también: "Foxá, ya digo, cuando lo intenta, hace un Ruedo ibérico incompleto, manco (y no precisamente de la hermosa manquedad valleinclanesca) y plagiario. ¿Por qué, si eran buenos escritores, y algunos muy cultos, no han dejado nada? Yo a esto lo llamaría señoritismo". Sí, quizá. La otra referencia en mi memoria es la de Andrés Trapiello en una entrevista en Negro sobre Blanco de Sánchez Dragó. En ella hacía referencia a que la novela no era tan buena, y que tan sólo se salvaría la primera parte. Hay quienes dicen que salvarían las dos primeras partes.

Y la verdad, a mi me parece que
Foxá tiene, en esa primera parte sobre todo, un estilo preciso y rico en las descripciones y que su fraseo es de gran calidad. Me gusta el diálogo escueto, a veces de una sola frase, con la que describe todo un pasaje. La segunda y tercera parte me gustaron menos en este sentido, y no hablo para nada del contenido ideológico ni de la trama.

Me gustó la primera parte toda, y algunas cosas del resto. Sin embargo en otras es difícil contener el asco por lo que se está leyendo. No ya que Foxá fuera fascista, sino la manera infantil por no decir cretina de defender sus posturas. Vuelvo a
Orwell: el fascismo español, a diferencia del Alemán o del Italiano no quería destruir un régimen para construir uno nuevo, quería limpiar lo nuevo para dejar lo viejo, quería regresar al pasado glorioso, no del Imperio, sino de las clases. La obra es un canto al clasismo. Si alguien pretende convencer a otro de que el falangismo joseantoniano tenía mucho de revolucionario, de obrero y de sindicalista, esta novela de unos de sus fundadores y representantes demuestra lo contrario, que lo que se defiende es el casticismo, lo clerical, la servidumbre, la aristocracia y la jerarquía militar, aunque se apunte que para ello se recurra a la "dialéctica de las pistolas".

Un cuadro:
"Pasaban masas ya revueltas; mujerzuelas feas, jorobadas, con lazos rojos en las greñas, niños anémicos y sucios, gitanos, cojos, negros de los cabarets, rizosos estudiantes mal alimentados, obreros de mirada estúpida, poceros, maestritos amargados y biliosos.
Toda la hez de los fracasos, los torpes, los enfermos, los feos, el mundo inferior y terrible, removido por aquellas banderas siniestras."

Esto lo escribió
Foxá con las tripas en 1937. Después llegarían casi cuarenta años de inteligencia, cultura y decencia, de gente guapa y bien alimentada. Y después de otros treinta años más a uno se le hace difícil leer algunas cosas contextualizándolas y no haciendo una lectura histórica de los hechos. Pero la verdad sea dicha, la historia de amor que cuenta Foxá en la obra, a diferencia del prologuista Jaime Siles, a mi fue lo que menos me interesaba y me interesó de toda la obra. Y por eso la juzgo como una obra sobre la guerra civil, una obra de literatura fascista muy bien escrita en su primera parte y que pierde pulso en las dos siguientes, y que al hacerlo, hace que el contenido pase a un primer plano en mi lectura y me sean más antipáticos, la obra, el protagonista y su autor.

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