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sábado, 18 de junio de 2011

Isabel, de André Gide.

Isabel.
André Gide.


1921. Alianza Editorial.
164 páginas. Traducción de Carmen Castro.

Este libro también lo compre en una feria de libro antiguo, es una edición de 1974, aunque tiene una firma de su primer dueño, un tal Ramón Echevarría, fechada en febrero del 76. La portada me encanta, no se hasta cuando se vino reeditando la obra, o si está ahora mismo en catálogo, pero aquella portada es una maravilla a la par que muy enigmática. Ahora, treinta y cinco años más tarde, y por 3 €, he podido leer esta extraordinaria novela corta del gran André Gide. Cuando leí a Vila-Matas hablar de Gide intuí un autor correcto cuyos diarios superaban en calidad con mucho a su restante obra. Poco después leí con enorme placer Los monederos falsos, lo que sirvió para darme cuenta de que aprecio mucho más los juicios entusiastas de VM que sus críticas negativas. Se me ocurre pensar que para ésto último hace algunos años seguía a Umbral, pero ahora mismo ya no sigo a nadie. En eso he ido mejorado.

Esta novela corta, magníficamente traducida por Carmen Castro, me ha parecido extraordinaria en todos los sentidos. Estructura, estilo, tempo, misterio (no se sabe quién es Isabel casi hasta la mitad del relato), final buenísimo, donde se desmorona en un solo gesto, en una sola escena, toda una pasión, y con ello, todo el fundamento argumental de la obra, sin que por ello se resienta la propia obra ni en lo más mínimo.

Solo por la capacidad de Gide de crear el ambiente en el que se desarrolla la acción, merece la pena su lectura, muy gratificante en lo que a mí respecta, incluso ese final seco, que contrasta con el ambiente alucinante de las páginas que lo preceden, como si de una bofetada de realismo se tratara, es un contrapunto interesante, e incluso demuestra la valentía narrativa de su autor. La verdad es que me ha gustado tanto o más que Los monederos falsos.

domingo, 12 de julio de 2009

Maestros Antiguos, de Thomas Bernhard

Maestros Antiguos.
Thomas Bernhard.


1985. 199 págs.
Alianza Editorial.
Traducción: Miguel Sáenz.


Bernhard creó un estilo que me hace pensar que cualquier epígono sería una basura, no ya porque su estilo sea inimitable, que no lo es, creo que casi cualquiera podría intentar algo parecido, sino porque es intransferible, que la literatura y el estilo bernhardianos se inician y terminan con él. Es imposible escribir así sin hacer el ridículo.

Maestros antiguos es una de las mejores muestras de lo que llega a ser su estilo radical, probablemente junto a Tala, es la novela que supone una mayor depuración, de su prosa, donde Bernhard la esquilma de una manera más violenta, la despoja de todo lo que sobra, donde la forma forma parte del contenido, donde ambos, forma y fondo, se hacen uno de manera más prodigiosa.

Es el estilo Bernhard llevado al límite, pero también El malogrado era una obra maestra donde Bernhard utilizaba un estilo no tan al límite y con igual resultado, es decir, Bernhard depuraba su estética cada vez más, aun habiendo tenido resultados asombrosos antes de llegar a ese límite definitivo que le hace ser, como dije, intransferible, único.

Bernhard no se toma la alta cultura en serio, o tomándosela demasiado en serio, como dice con el protagonista del libro, la llega a despreciar, es un desprecio serio por cuanto viene dado por el excesivo conocimiento, reflejado todo ello en un personaje que detesta un cuadro que lleva mirando treinta años día si y día no, es decir, que la consecuencia de tomarse demasiado en serio, de elevar tan en demasía la valoración del arte conlleva en última instancia y llevado a las últimas consecuencias, el desprecio por la obra, y por tanto, por cualquier obra, incluso por la que estamos leyendo, si no fuera, precisamente, porque en esta ocasión hay una absoluta falta de pretenciosidad de elevación en la obra, una depuración, precisamente, de todo manierismo estético, y por tanto, una inadecuación absoluta de todo lo que expone como negativo en el arte respecto de la novela que va construyendo.

En el fondo estas ideas que propone Bernhard solo tienen dos escapatorias: una, reflejada en estas palabras que dirige el protagonista al narrador:

"¿No ha pensado usted en publicar al menos una pequeña parte de su trabajo?, dijo, algún fragmento, suena todo tan extraordinario lo que usted señala en relación con su trabajo; por otra parte también es un gran placer no publicar, nada en absoluto, dijo".
que sería la opción bertleby, curioso que el anterior libro que he leído fuera el de Vila-Matas, en la variante de quien sí escribe pero no publica, que también se contemplaba en aquel libro.

La otra sería escribir una obra como Maestros Antiguos. Y tiene sus riesgos, al menos como lector, de que ya no necesite leer determinados libros ni de la manera como los leía.

"El hombre que lee es voraz, como el que come carne, de la forma más repulsiva y, como el que come carne, se estropea el estómago y la salud entera, la cabeza y toda su existencia espiritual. Hasta un ensayo filosófico lo entendemos mejor si no lo devoramos todo de una sentada, sino que elegimos sólo un detalle, a partir del cual podremos llegar al todo si tenemos suerte. Al fin y al cabo, el mayor placer nos lo dan los fragmentos, lo mismo que en la vida, al fin y al cabo, sentimos el mayor placer si la consideramos como fragmento, y qué horrible nos resulta el todo y nos resulta, en el fondo, la perfección acabada."

viernes, 30 de mayo de 2008

La Calera, de Thomas Bernhard


La Calera.
Thomas Bernhard.

Trad. Miguel Sáenz.
Ed. Alianza. 1970. 249 págs.

La Calera es una de las mejores novelas que he leído de Bernhard, de quien por otra parte, y habiendo leído unas cuantas de sus obras, aún me quedan por leer algunas de sus, en opinión de muchos de sus lectores, mejores obras Corrección, la célebre pentalogía, Extinción o Maestros antiguos, así como su teatro). He leído In hora mortis, Bajo el hierro de la luna, Helada, Trastorno, El imitador de voces, El sobrino de Wittgenstein, Hormigón, El malogrado, Tala, Acontecimientos y relatos, El carpintero y otros relatos y Conversaciones con Krista Fleischmann, siendo mis favoritas Hormigón, El malogrado y Tala. También, y añado ahora, La Calera.

En esta última, el narrador es a la vez un personaje testigo. Sin embargo fundamenta toda su narración en los testimonios y las palabras de Weiser y Fro. Por tanto se da la circunstancia de que el narrador es un testigo muy secundario en los hechos, conoce las declaraciones del protagonista (Konrad) pero nosotros conoceremos los hechos por lo que él nos dice que le contaron Weiser y Fro que le oyeron a Konrad.

No es hasta el inicio de la tercera parte de la obra (la obra no está dividida de manera alguna, me refiero solo al número de páginas), cuando Bernhard, por boca del narrador nos hace saber éste hecho, que el lector ya ha adivinado (por lo que quizá no se haga muy necesario el comentario):

Tanto Weiser como Fro describen cada uno la última tarde que pasaron con Konrad, cada uno a su modo, confirmando cada uno al otro con sus manifestaciones, contradiciendo unas veces Weiser a Fro, otras Fro a Weiser, y al mismo tiempo, como queda dicho, confirmando Weiser a Fro y Fro a Weiser.
Volviendo atrás, en la página 84 hay una declaración de intenciones de Thomas Bernhard respecto de la obra:

En el mundo no tenemos más que la quintaesencia de la comedia, y ya podemos hacer lo que queramos, que no salimos de la comedia, el intento de siglos de convertir la tragedia en comedia ha tenido que fracasar, como era natural, dijo al parecer. Porque lo que pasa con la Calera, le dijo Konrad al parecer al inspector de construcción, dice Weiser, no es, al fin y al cabo, más que una comedia. Sin embargo, para poder soportar esa comedia, había que descargar de cuando en cuando el cerebro, evacuar el contenido del cerebro como se evacuan aguas, nada más, mi querido inspector, vaciar, evacuar el cerebro como la vejiga, orinar con el cerebro como con la vejiga, mi querido inspector.
De esta forma, a mi entender es como escribe Bernhard, evacuando el cerebro de sus personajes, evacuando sobre las páginas y sobre el lector, que, como en mi caso, consigue llegar muchas veces a una especie de orgasmo a través de una lectura bondage...

Hasta la página 93 prácticamente no aparece el narrador como partícipe de los hechos. Hasta entonces, más de un tercio de novela, solo se conocen los hechos por lo que el narrador nos cuenta a través de los testimonios de Fro y Weiser, que en muchas ocasiones a su vez hablan de lo que Konrad les contaba. En ocasiones, sobre todo al principio, hay algunos matices que diferencian lo que cuenta uno y otro, más sobre todo son matices de cómo ellos valoran lo que les decía o hacía Konrad. Por tanto, al lector le llega la información filtrada a través de varios personajes, puede que Konrad les mintiera, puede que la verdad de Konrad solo estuviera en su mente enferma y en la mente de Weiser o Fro, o de ambos, o de ambos en parte sí y en parte no, tamizados los hechos a consecuencia de sus experiencias personales y sus códigos éticos, y todo a través, más tarde, de la moral y la experiencia del narrador, e incluso de su lenguaje (como también en los casos anteriores), o puede que el narrador incluso mienta. Poco importa, lo que importa es cómo nos llega y lo que como lectores seremos capaces de testimoniarnos a nosotros mismos tras escuchar la narración...

De repente, y sin solución de continuidad, el narrador introduce lo que el pueblo dice del caso, tanto de Konrad como de su mujer. El narrador nos empieza a contar lo que ha escuchado por los mesones del pueblo. Una vuelta más de tuerca...

Y poco más puedo decir de una obra maestra de Thomas Bernhard.

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