viernes, 24 de abril de 2009

El Estado y la revolución, de Vladímir Ilich Uliánov, Lenin

El Estado y la revolución.
V. I. Lenin.
Alianza Editorial.
1917. 181 págs.

La prueba palpable de que el proyecto comunista de la Unión Soviética fracasó no consiste en enumerar una por una y desde una perspectiva burguesa, pequeño-burguesa, liberal o de otro signo contrario todos los males que trajo consigo. En el fondo eso sería discutible y debatible por cualquiera. El hecho de que constituya un fracaso es, ni más ni menos, la constatación de que el proyecto de Lenin para el futuro de su nación no se llevó a cabo y que, bien al contrario, se fue acercando, cada vez más, hacia todas aquellas lacras que él mismo apuntaba como tales y de las que debía huirse para no caer en errores, errores que él imputaba al proyecto de los partidos comunistas occidentales y al de ciertos sectores de la izquierda rusa.

Ésto me lleva a una reflexión que ya hice en referencia a una de mis recientes lecturas, Madrid de corte a checa, donde decía más o menos que una obra elogiosa podría ser, de hecho, el mejor argumento contra sí misma, más allá incluso que una obra crítica, por el simple hecho de que ésta pudiera parecer sesgada. Así, por ejemplo, el hecho indiscutible de que Solzhenitsyn defienda el zarismo y se confiese como un profundo antidemócrata nos hace recelar más sobre cuanto escribe sobre el Gulag, no obviamente contra la obra en sí, sino hacia su autor, aún no tratándose de una obra de tesis. Otro tanto ocurre con Ostrovski cuando manifiesta su odio cerval hacia los trostkistas desde la alabanza al régimen stalinista. El que la alternativa sea aún peor que lo que critica nos hace plantearnos serias dudas sobre cuanto se expone.

En el caso de Lenin, ya no solo se trataría de criticar lo que el partido bolchevique lleva a cabo, que puede estar muy bien y ser defendible, sino, sobre todo, constatar que todo cuando quería plasmar en cuanto a la organización del Estado y la consecución del comunismo futuro fracasó.

El texto se hace largo, por cuanto las ideas, pocas pero fundamentales, se repiten de un modo demasiado reiterativo. De hecho las ideas de Lenin quedan ensombrecidas en tanto que, fundamentalmente, se plantean mediante citas de textos de Marx y Engels. En este punto hay que decir que, en honor a la verdad, lo aplicable a Lenin en cuanto a su fracaso de traducir sus ideas sobre el Estado y la revolución en hechos, en buena medida no serían aplicables a Marx o a Engels en tanto que ellos no llevaron a cabo ninguna revolución, y tan sólo asistieron a un hecho histórico fundamental por otra parte como fue la Comuna de París, que sí les sirve para demostrar como válidas algunas de sus doctrinas. El fracaso de ésta y su brevedad hacen que el análisis pueda resultar un tanto precario, pero no por ello menos importante.

Y es aquí, sin embargo, donde se puede hacer una crítica más real hacia las posturas de Lenin, porque él sí intentó llevarlas a cabo. Ese intento puede estar lleno de esperanzas y de logros fundamentales para el socialismo a nivel no solo soviético sino mundial, pero eso sería otro punto a analizar. Lo cierto es que este texto está redactado en los albores de la revolución y que por ello, todo cuanto se dice es plenamente criticable a la luz de los hechos que siguieron hasta el fin del comunismo y aún después.

La idea fundamental, como digo extraída de Marx y, sobre todo, de Engels, es que el Estado como tal, básicamente, se crea para ejercer la represión de una clase mayoritaria por otra minoritaria. A partir de aquí, la clase dominante se hace con los medios de represión conocidos para perpetuar su poder, concediendo en muchos casos limosnas a esa mayoritaria clase obrera para mantenerla contenta. El comunismo se llevará a cabo mediante una revolución que haría que, por medio de un Estado transitorio en el que la mayoría proletaria y campesina ejercerían una dictadura con el fin de eliminar la sociedad de clases llegando a un estado de cosas, en el cual dicho Estado transitorio, por su propia naturaleza tendiese a desaparecer, extinguiéndose por sí solo. Para ello los órganos y los instrumentos que tiene el Estado burgués deberán desaparecer y ser reemplazados por otros, puesto que si no se reproducirán los fracasos de otras revoluciones que lo único que han conseguido es cambiar la clase que ejerce el poder y mantener una mayoría explotada y sometida. Para ello propone una revolución que elimine todos los órganos de represión, por ejemplo la policía o el ejercito permanente, y crear un ejercito popular o proletario donde todos y cada uno de los obreros y por rotación lleven a cabo las labores de control y burocracia que, como ya dije, se irán extinguiendo, hasta que así mismo se extinga el propio Estado del que forman parte.

A partir de aquí Lenin critica de manera virulenta y reiterada a todos cuantos desde una óptica izquierdista, confunden las enseñanzas de Marx y Engels y quieren hacer ver al pueblo que la revolución consiste simplemente en la toma del poder y con ello, en el ejercicio de los poderes creados por el Estado burgués para llevar a cabo las reformas oportunas, o bien quienes pretenden acceder al poder democrático dentro de un Estado burgués, o quienes pretenden con gran ingenuidad llevar a cabo una revolución para eliminar directamente el Estado. Es decir, critica -y acusa de traicionar con ello a la clase obrera- a socialdemócratas y anarquistas al mismo tiempo.

El hecho de que Stalin ejerciera el Terror no significa en absoluto, y quien así lo entienda es un perfecto ignorante, que éste fuera más radical o más de izquierdas. Por contra sus ideas eran más reaccionarias y conservadoras (socialismo en un solo país) y mucho menos ortodoxas desde un punto de vista marxista. Stalin, y en gran parte Lenin (el Lenin presidente), ejercieron la socialdemocracia (tomando por tal a los que así llamaba en aquella época, es decir, a los comunistas alemanes y rusos que así se denominaban y que seguían a Bernstein primero o a Krautsky después) con los métodos represivos del fascismo.

Lenin se harta de criticar a los que defienden la intervención de los partidos políticos en el circo de la democracia, a los que defienden la dictadura del proletariado como fin último de la revolución, abomina del mal de la burocratización de los Estados, critica abiertamente el arribismo político, defiende a ultranza la desaparición del ejercito y la policía como elementos de represión, y aboga porque se busque encarecidamente el estado superior del socialismo: el comunismo.

Otra de las críticas que hace, y ésta es bien interesante, va dirigida a los que consideran el marxismo y las doctrinas de Engels como defensoras del federalismo o de la autonomía de los pueblos. A ello dedica un capítulo ciñéndose a lo que Engels concluía sobre la Comuna de País y lo que para él era el centralismo. Para Lenin el socialismo debe ser siempre centralista en el sentido engelsiano, a saber, la asociación libre de las comunidades para constituir una nación fuerte. En el fondo se trata, para Engels, de una unidad de comunidades independientes organizadas en un todo.
Este punto sigue siendo controvertido en la medida en que Engels analiza de manera práctica algunos ejemplos que para él conllevan interpretaciones diferentes, los casos de los Estados de los EUA, los cantones de Suiza o las regiones de Alemania. Por eso es un debate abierto en la medida en que siempre habrá quien pueda aplicar un ejemplo u otro a cada región en conflicto con un Estado centralizado. En este sentido creo que Lenin es absolutamente fiel en la práctica a lo que escribió antes.


Por tanto, El Estado y la revolución es un texto capital que adquiere una mayor relevancia veinte años después del fracaso del comunismo, fracaso teórico imposible de rebatir habida cuenta de que, según Lenin, y siempre siguiendo a Marx, ésta desaparición del Régimen de los Soviets sería prueba palmaria de su fracaso por cuanto no se pudo llegar a la situación en la que una vuelta atrás fuera inviable. Es decir, que es imposible albergar la más mínima duda de que el marxismo, tal y como lo entiende Lenin con rigurosa ortodoxia, únicamente puede por fuerza llevar a un estado de cosas en que se encamine de manera natural e inconsciente ya, hacia el comunismo. Si en menos de veinte años Rusia es un país capitalista y con enormes conflictos de clases, se debe exclusivamente al fracaso de la revolución.

Aún así, y siendo no sólo interesante sino necesaria una lectura de Lenin después de veinte años de caída del Régimen que él creó, también se debe hacer otra en la que se contextualice debidamente cuándo y dónde fueron escritas sus tesis. Hace casi un siglo, en una Rusia pobre y atrasada inmersa en la Gran Guerra y con una clase proletaria explotada por un Régimen agonizante. Eso hará entender también la pasión y la intransigencia de algunas de sus palabras. Queda, sin embargo, algo pobre a mi entender, el análisis de lo que Lenin entendía cómo se debe organizar el Estado transitorio, y completamente impreciso todo cuanto se refiere a la organización del sistema comunista devenido de la extinción del Estado, quedando todo ello en una mera -y algo decepcionante- abstracción.

lunes, 20 de abril de 2009

La calle de Valverde, de Max Aub.

La calle de Valverde.
Max Aub.

Cátedra. 1961. 543 págs.


La calle de Valverde es una crónica novelada de la España primorriverista, donde la maestría absoluta de la técnica y el lenguaje de Aub la hacen ser una novela extraordinariamente rica. Aub se distancia de los personajes mediante la caricatura y la ironía, en ocasiones, o como narrador omnisciente, otras, transmitiendo con ello un retrato fiel y creíble de aquellos tiempos, sin mostrar nostalgia en absoluto al hacerlo.

Es un admirable ejercicio literario para comprender y ver lo que era el mundillo literario madrileño, donde el autor mezcla con gran maestría personajes reales, trasuntos de estos y creaciones propias. No en vano los lugares donde desarrolla la trama no pueden ser más emblemáticos: la tertulia literaria (Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Ortega, Lorca, Alberti, Bergamín), la política -y la conspiración- (Araquistáin, Añaza, Negrin, Álvarez del Vayo), la casa de huéspedes, el mundo de los opositores (que vincula a los tres anteriores).

Aub recurre a la fragmentación, a la elipsis, a la superposición de tramas y de cuadros sin solución de continuidad, tanto espacial como temporal, para dar dinamismo al relato, en una suerte de estructura mosaica, que como suele ocurrir(me) en estos casos, si bien en alguna ocasión produce cierta confusión en cuanto a lo que le ocurre a cada personaje (cinco historias, paralelas o no), al final las piezas van encajando y uno termina la obra como quien termina de realizar un trabajo bien hecho. Eso es impagable, porque reconforta sobre manera al lector.


Otra huella de Aub es la mezcolanza de estilos, unas veces recurriendo a la estética valleinclanesca, otras a cierto costumbrismo irónico, algunas veces incluso mezclando el conceptismo más barroco con el giro arnichesco en el lenguaje, la pura narración decimonónica con el lenguaje casi cinematográfico o, justo lo contrario, teatral. En todo momento, sin embargo se nota el control total que tiene Aub de su obra. Ese aparente caos estructural y de estilos no es sino el reflejo de la narración, de los avatares de sus personajes y de la ebullición del ambiente. Al final en el lector queda más esto último, olvidando un poco las pequeñas tramas de los personajes, o tomando éstos como si de una galería de tipos se tratara.

Si esta novela se hubiera escrito en 2009 las mujeres hubieran tenido más relevancia y peso en la trama, pero como fue escrita hace casi medio siglo por alguien que vivió la época en primera persona (no en vano hasta aparece Max Aub como personaje, desde luego de una manera mucho más modesta a la estelar aparición del Conde de Foxá en mi anterior lectura, componiendo el solemne
Cara al sol), retrata a los personajes femeninos como lo que, por desgracia, eran en aquel entonces (1926): objetos pasivos.

Una de las cosas que llaman la atención de la obra y que dice mucho de Aub es que no haya descripciones y que, sin embargo, el lector tenga la sensación de que se le ha descrito toda una época de manera rigurosa y precisa. Todo ello, como digo, gracias al lenguaje expresivo y riquísimo en los diálogos, donde cada personaje, y son muchísimos, habla de manera diferente y singular. (¿Quién era aquel autor del 98 que hacía hablar igual a todos sus personajes?)


También aprovecha para criticar las posturas políticas de la época, no siendo en este sentido nada sectario. Se muestra crítico con Sbert, líder estudiantil entonces, de la FUE (posterior dirigente de ERC). También es muy crítico con los anarquistas, entre los que más o menos sitúa al célebre militar conspirador contra Primo de Rivera, Fermín Galán, así como a otros personajes algo oscuros. Pero donde reparte más es entre algunos dirigentes del PSOE, entonces colaboracionistas con la dictadura, al aceptar su participación en el Congreso. Nos muestra las discrepancias entre las facciones de Besteiro y Largo Caballero, que pretender colaborar, y la de Indalecio Prieto, que es contrario. Posteriormente, y ante la creación de la Asamblea Nacional, Besteiro se queda solo y Aub, que muestra simpatías hacia él, le critica hondamente.

Por tanto no muestra Aub una actitud sectaria o partidista, en realidad se muestra crítico con todos.


A parte de las escenas ambientadas en los cafés y las tertulias, donde los personajes hablan de literatura y de política, hay dos recursos más de Aub para hablarnos de estos temas inmortales. Uno es la maravillosa escena en el Villa Rosa en la que el mítico cantaor Antonio Chacón nos habla desde una perspectiva no intelectual de lo que son los españoles y España.
El otro es el de las cartas que escribe un periodista extranjero y donde se plantean muchos de los problemas de los españoles, sin tener problema tampoco para mostrar los tópicos que sobre nosotros había, pero mostrando con ellos la perspectiva de un extranjero que ve las cosas desde fuera, como quizá él mismo, que fue siempre un extranjero en todas partes.

Hay que decir que muchos de los personajes de la novela aparecerán más tarde en sus novelas de los Campos.

viernes, 10 de abril de 2009

Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá.

Madrid de corte a checa.
Agustín de Foxá.
1937. 351
págs.
Prólogo de Jaime
Siles. Biblioteca El Mundo.


Dice
Orwell en Homenaje a Cataluña que "Franco (..) no era sólo un títere de Italia y Alemania, sino que estaba ligado a los grandes terratenientes feudales y representaba una rancia reacción clérigo-militar. El Frente Popular podría ser una estafa, pero Franco era un anacronismo. Sólo los millonarios o los románticos podían desear que triunfara".

Y no se necesitan leer u oír las historias de lo que opinaban las derechas en los treinta en España, o lo que vino después o lo que estaba ya y se trataba de aniquilar, no se necesitan leer novelas de escritores comprometidos con las diversas causas de las izquierdas, sean estas revolucionarias o en clave de democracia burguesa. Simplemente leer la cumbre de la novelística
guerracivilista del bando fascista, la novela que nos ocupa, para darse cuenta de ello.

Madrid de corte a checa es, efectivamente una extraordinaria novela para comprender el punto de vista del fascismo español. A ello contribuye, además, la enorme capacidad que como escritor tiene Agustín de Foxá.

En mi memoria tengo dos opiniones, si bien de manera vaga, sobre la obra: la una de Francisco Umbral, quien en su
Trilogía de Madrid apunta que "el conde de Foxá, diplomático y cornudo, aguantaba bien el vuelo de un artículo, y los hacía muy lujosos, pero se embarullaba en la novela. Su Madrid de corte a checa es un Ruedo ibérico de derechas, que decae en seguida (estaba proyectado como trilogía). A Foxá, para escribir El ruedo ibérico, seguramente le sobraba un brazo. Quizá el derecho". Y también: "Foxá, ya digo, cuando lo intenta, hace un Ruedo ibérico incompleto, manco (y no precisamente de la hermosa manquedad valleinclanesca) y plagiario. ¿Por qué, si eran buenos escritores, y algunos muy cultos, no han dejado nada? Yo a esto lo llamaría señoritismo". Sí, quizá. La otra referencia en mi memoria es la de Andrés Trapiello en una entrevista en Negro sobre Blanco de Sánchez Dragó. En ella hacía referencia a que la novela no era tan buena, y que tan sólo se salvaría la primera parte. Hay quienes dicen que salvarían las dos primeras partes.

Y la verdad, a mi me parece que
Foxá tiene, en esa primera parte sobre todo, un estilo preciso y rico en las descripciones y que su fraseo es de gran calidad. Me gusta el diálogo escueto, a veces de una sola frase, con la que describe todo un pasaje. La segunda y tercera parte me gustaron menos en este sentido, y no hablo para nada del contenido ideológico ni de la trama.

Me gustó la primera parte toda, y algunas cosas del resto. Sin embargo en otras es difícil contener el asco por lo que se está leyendo. No ya que Foxá fuera fascista, sino la manera infantil por no decir cretina de defender sus posturas. Vuelvo a
Orwell: el fascismo español, a diferencia del Alemán o del Italiano no quería destruir un régimen para construir uno nuevo, quería limpiar lo nuevo para dejar lo viejo, quería regresar al pasado glorioso, no del Imperio, sino de las clases. La obra es un canto al clasismo. Si alguien pretende convencer a otro de que el falangismo joseantoniano tenía mucho de revolucionario, de obrero y de sindicalista, esta novela de unos de sus fundadores y representantes demuestra lo contrario, que lo que se defiende es el casticismo, lo clerical, la servidumbre, la aristocracia y la jerarquía militar, aunque se apunte que para ello se recurra a la "dialéctica de las pistolas".

Un cuadro:
"Pasaban masas ya revueltas; mujerzuelas feas, jorobadas, con lazos rojos en las greñas, niños anémicos y sucios, gitanos, cojos, negros de los cabarets, rizosos estudiantes mal alimentados, obreros de mirada estúpida, poceros, maestritos amargados y biliosos.
Toda la hez de los fracasos, los torpes, los enfermos, los feos, el mundo inferior y terrible, removido por aquellas banderas siniestras."

Esto lo escribió
Foxá con las tripas en 1937. Después llegarían casi cuarenta años de inteligencia, cultura y decencia, de gente guapa y bien alimentada. Y después de otros treinta años más a uno se le hace difícil leer algunas cosas contextualizándolas y no haciendo una lectura histórica de los hechos. Pero la verdad sea dicha, la historia de amor que cuenta Foxá en la obra, a diferencia del prologuista Jaime Siles, a mi fue lo que menos me interesaba y me interesó de toda la obra. Y por eso la juzgo como una obra sobre la guerra civil, una obra de literatura fascista muy bien escrita en su primera parte y que pierde pulso en las dos siguientes, y que al hacerlo, hace que el contenido pase a un primer plano en mi lectura y me sean más antipáticos, la obra, el protagonista y su autor.